domingo, 21 de julio de 2013

Características del Teatro Isabelino

TEATRO ISABELINO

l  EL TEATRO ISABELINO: (1558-1625) es una denominación que se refiere a las obras dramáticas, es decir que tienen un final trágico, escritas e interpretadas durante el reinado de Isabel I y se asocia tradicionalmente a la figura de William Shakespeare.

l  ISABEL I: Fue reina de Inglaterra y Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus hermanos, Isabel asumió el trono.

l  WILLIAM SHAKESPEARE: El mayor de los dramaturgos isabelinos, nace en 1564, en Stratford-upon-Avon. No pasa por las escuelas universitarias, aunque se sabe que estudió en la Grammar School de su pueblo. Allí debió leer a Séneca y a los poetas y comediógrafos latinos. Desde 1587 año en que se marcha a Londres, escribe sus primeros ensayos sobre teatro al tiempo que sus comedias.
Al arte de la escena dedica toda su vida: como actor, director y administrador de “El Globo”, junto al gran actor Richard Burbage. Hereda del teatro inglés el genio irónico y burlón que no podrá dominar ni siquiera en las tragedias más patéticas. A la inversa, el suspense, la tensión dramática, la reflexión profunda sobre la condición del hombre y la existencia no están nunca ausentes de sus comedias. Shakespeare, tenía la capacidad de crear un mundo imaginario autónomo cuyos personajes son caracteres verosímiles, en la medida en que se asemejan a seres vivientes, intrincados, contradictorios y profundamente orgánicos, con los cual parece desvanecerse la presencia del artista que los ha configurado; asimismo, cabe destacar la variedad que se pone en evidencia en el manejo conjunto de los diversos géneros dramáticos y de sus múltiples gradaciones intermedias, en manifiesta oposición a la tesis aristotélica de que los autores generalmente practican ya la tragedia ya la comedia, pero casi nunca ambas especies.


l  LA ERA ISABELINA: Al cabo de la gradual evolución que había comenzado en sus remotos e inciertos orígenes medievales, el teatro inglés reveló en el siglo XVI síntomas inequívocos de una toma de conciencia, que aspiraba a resolverse en una creación escénica original y definitiva que permitiera la maduración y síntesis de las experiencias dramáticas adquiridas hasta entonces. Los factores que contribuyeron a transformar este deseo en una realidad plena deben explorarse en un complejo juego de circunstancias propicias que estimularon la consolidación social y el perfeccionamiento artístico de drama. Estas circunstancias pueden distribuirse en tres grupos principales:
1) las condiciones histórico-sociales de Inglaterra en las postrimerías del siglo XVI
2) los estímulos que favorecieron el afianzamiento institucional del teatro;
3) el desarrollo de un instrumento poético apto para la literatura dramática.
Por supuesto, los historiadores del drama inglés se preguntan de qué modo fue posible una receptividad tan amplia. Con la intención de proporcionar una respuesta, se ha elaborado un esquema que podría denominarse “teoría de los niveles”, especialmente aplicado a la producción de Shakespeare; según esta interpretación, cuando un autor isabelino concebía una pieza teatral, en forma casi espontánea su imaginación tendía a fundir muy diversos elementos que apelaban simultáneamente a diversos sectores del auditorio. La escenografía era casi desconocida, de modo que la acción podía paras de un sitio a otro sin interrupciones; a fin de que el público pudieses acudir a su propia fantasía para evocar el lugar en que transcurrían los sucesos, con frecuencia los personajes describían oralmente el imaginario ámbito en que se hallaban. El escenario carecía de telón, y como las sangrientas anécdotas a menudo concluían diseminado sobre el tablado abundancia de “cadáveres”, para evitar el efecto ridículo de una “resurrección” general que permitiera retirarse de escena a los actores fingidamente “muertos”, se procedía a sacarlos con gran boato en solemne procesión fúnebre, como sucede al final de Hamlet. La práctica isabelina excluía de las representaciones a las actrices; por consiguientes era asignados intérpretes masculinos; a decir verdad, desde 1583 se suceden en Inglaterra esporádicos indicios e imprecisas noticias acerca de la presencia probable o efectiva de mujeres en el ejercicios histriónico, pero su aparición oficial, Shakespeare presentó Otelo, con la advertencia de “introducir la primera mujer que llega a desempeñarse en el tablado, como partícipe de la tragedia El Moro de Venecia”. La mayoría de las piezas teatrales se escribía en verso; pese a ello, era frecuente alternar verso y prosa, a fin de reservar esta última para los parlamentos de personajes cómicos o rústicos y para los pasajes de menor intensidad poética. El teatro prontamente asimiló el verso blanco, pero todavía era un medio imperfecto, de ritmo monótono, artificial y rígido, que se adecuaba muy poco a la naturalidad dramática de la expresión oral; solo Shakespeare se mostró capaz de convertirlo en un metro flexible, pleno de libertad, apto para toda clase de modulaciones verbales y adecuado para comunicar hasta los detalles más sutiles de la compleja psicología humana. Las ventajas del verso blanco consisten en que admite innumerables variantes y en que su pie yámbico es el que más se aproxima en inglés al ritmo del lenguaje cotidiano.


l  EL TEATRO POSTISABELINO: A la muerte de Isabel I, en 1603, llega al poder Jacobo I. El fastuoso avance de la comitiva real hacia Londres parece que constituyó el mayor espectáculo del momento, un espectáculo en el que el rey era el principal actor. El lujo y ostentación eran signos del absolutismo real al que se le atribuía un origen divino. Su reinado representó el auge de las llamadas mascaradas, consistentes en espectáculos de gran tramoya, en los que eran más importantes los aspectos visuales que los textuales. El mayor organizador de estas mascaradas fue Iñigo Jones, que había aprendido en Italia el arte de la magnificencia del teatro, el de los grandes efectos. Iñigo Jones, que venía de una Inglaterra austera, quedó deslumbrado por los italianos, y por el marco de sus espectáculos. Entre otros, pudo admirar el fastuoso teatro de Vicenza. Al volver a Inglaterra siguió innovando por su cuenta en esta vertiente decorativista al servicio de historias simples, poéticas, de tono muchas veces pastoril, recitadas al son de músicas ensoñadoras. Por su lado, la representación de la comedia y la tragedia se vio, en los teatros públicos, afectada por el gusto del pueblo y de una nobleza amiga de sensacionalismos. En la tragedia se extremó el senequismo. Los temas del desenfreno sexual, de los celos, torturas y traiciones eran moneda corriente. Todo ello sazonado cada vez más por invocaciones al diablo o apariciones de espectros. Con la llegada al poder de Carlos I, en 1625, el teatro de corte impulsó aún más las mascaradas. El propio rey y la reina participaron en ellas, con gran escándalo e indignación de los puritanos ingleses. El triunfo de Cromwell hizo que se prohibieran las representaciones escénicas, con lo que se cerró el mayor capítulo del teatro inglés.

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