miércoles, 2 de marzo de 2011

Arte y futbol - la obra de Federico Arnaud

El arte conceptual es una nueva forma de hacer arte dando prioridad a la idea sobre el objeto.
¿Cuál es la idea y cuál el objeto en el caso que nos ocupa?


“El juego de los milagros”, así se denomina la obra, escultura en madera, de 83 x 112 cm. del joven uruguayo Federico Arnaud. Fue seleccionada por Harald Szeemann, ex director de la Kunsthalle en Berna para integrar la exposición de arte llamada “ Mundos redondos de cuero” (Rundlederwelten) que se realizó en Alemania con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol 2006.Federico Arnaud estuvo expuesto junto a artistas de la talla de Andy Warhol, Anri Sala, Andreas Gursky y muchos otros en el Museo Martin Gropius Bau en Berlín.


El objeto – escultura elegido es un juego, un futbolito que nos sorprende con lo imprevisto, con una resignificación del objeto mismo, una mesa de madera rústica, realizada con materiales reciclados, adornada con borlas acordonadas y envejecida por el implacable paso del tiempo, que a la vez le otorga una dignidad propia del objeto ritual. El futbolito, un objeto cotidiano se transforma en un nuevo altar barroco. Esta mesa en la que parece ofrecerse un oficio religioso hay una búsqueda de lo trascendente en ese estado tensional que provoca la dualidad Cielo – Tierra. La obra de Arnaud presenta elementos vinculados con el constructivismo y la Escuela del Sur y la influencia importante de los alumnos de J.Torres García.

“El juego de los milagros” es una obra barroca en lo formal. Arnaud siente el fuerte impacto de su viaje a Méjico. Había vivido en Europa y sin embargo nada lo conmocionó tanto como su percepción del barroco virreinal. En una entrevista que le realizara en el año 2001, reconoce que allí está el origen del hombre latinoamericano, y que ese arte está vinculado con elementos muy arraigados a la cultura popular.

El barroco europeo soportó el sincretismo, se fundió con la cultura americana o bien con una cultura nueva que nació a partir de la Conquista de América.

La cancha (el ploteo de un cielo) es el escenario para la dramatización de un símbolo. “El significado de un símbolo es la asociación de una palabra con imágenes (íconos), es su potencial para engendrar sueños”, dice el semiólogo Pierce.

Sorpresivamente esa cancha es un cielo, el Cielo, el espacio dramático donde se juega un partido, donde se desarrolla la acción que es “El juego de los milagros” y donde los protagonistas son figuras religiosas. Allí radica el misterio, la ambigüedad. Es el juego de los dioses, parece insinuar Arnaud. Allí están la Sagrada familia, José, la Virgen, Jesús crucificado, el Sagrado Corazón de Jesús, el ángel anunciador. Lo lúdico se hace presente para plantearnos al futbolito como un gran signo de interrogación. Arnaud invita al espectador a nuevas percepciones. Se pretende romper con la credulidad de la imagen para instaurar una nueva forma de mirar al sesgo y comprobar con escepticismo que nada es lo que parece ser.

Esos protagonistas son símbolos populares de la cultura occidental cristiana, que cambiados de contexto generan ideas y reflexiones nuevas. Quizás sea un intento de desacralizar determinados mitos. El futbolito es un tópico que plantea la incertidumbre y que a la vez seduce.

El artista transita por el terreno ambiguo de la ironía en el que se manifiestan roces, fricciones entre significantes y significados y se abren hipótesis que se multiplican al infinito. Esa apertura de lecturas múltiples marca una constante típicamente barroca.

Hay un juego que es una incógnita. El hombre cree tener las riendas, y sin embargo aparece la idea de una manipulación exterior que lo trasciende. Queda planteada la incertidumbre acerca del destino humano. A Arnaud le interesa jugar con el espectador y con la comunicación de una manera muy especial como lo hace el arte conceptual, de ahí nace su admiración por Joan Brossa y por Antoni Tapies.

El futbolito es la condensación de dos mundos, el sagrado y el profano en una sola imagen. El orden parece haberse invertido, el Cielo ha bajado a la Tierra y los espectadores de esta Copa del Mundo han tenido la oportunidad de pensar y cuestionarse frente a este objeto-juguete-altar disparador de emociones y dar sus propias respuestas.

Federico Arnaud nació en 1970, en Salto, Uruguay

David FeBland, reflejos humanos


Hace algunos años, David FeBland empezó a pintar cuadros que expresaran los más primitivos impulsos establecidos en el contexto de los espacios públicos. Fue un aumento de absoluta libertad creativa, imbuido por el anonimato de figuras callejeras.
FeBland expresa el demonio interior que posee a muchos seres humanos, su falta de valores morales o como los instintos más terribles se han apoderado de ellos.
A modo de catarsis respecto a sus propios demonios interiores, FeBbland aprovecha su estancia en Nueva York, como escenario perfecto para el reflejo de una vida poseída por el dolor, la falta de empatía y la crueldad.

"Esos cuadros eran oscuros, llenos de gente y monocromáticos. A medida que me sumergía más y más en el proyecto, me encontré como un inesperado conflicto comienza a emerger. Mientras caía más profundamente en el amor con el acto de pintar, mi trabajo se hizo más resonante. Mi pincel, mi paleta, la representación de la luz y el aire.... Las pinturas me resultaban más hermosas. Hoy veo la conexión entre algunos de mis temas y mi método de representación como una fuente de fuerza y de subversión. Es un acto voluntario de seducir al espectador a estar conmigo en el lienzo."



El trabajo de FeBland explora un mundo pictórico con un telón de fondo espacial que nos remite a un espacio interior, poblado de fantasmas y figuras de pesadilla o simplemente seres sufrientes, como si a través del tiempo, Van Gogh o Toulousse-Lautrec volvieran a tomar el pincel.



Tomado de carmensabespoesiayarte.blogspot.com

La mayor estafa de la historia

Por Juan Carlos Botero / El Espectador / Colombia

Un fantasma recorre el mundo del arte: la estupidez. Y las últimas subastas de arte contemporáneo en Nueva York lo demuestran. Bastan dos ejemplos.
Sotheby’s remató Pareja, de Rachel Whiteread, a quien calificó como “la escultora más famosa de nuestro tiempo”, y definió la pieza con las mismas palabras que se necesitan para hablar del arte de un maestro como Francis Bacon o Lucian Freud: “profunda reflexión” y “valiente introspección”. La obra parecía un par de bañeras blancas, casi idénticas. La compró el Museo Metropolitano. Y pagó una fortuna.

Sotheby’s también ofreció la obra de Bruce Nauman, Violines Violencia Silencio: tres palabras en luces de neón, puestas en forma triangular. ¿Su precio final? Más de cuatro millones de dólares.
El arte contemporáneo está en crisis, y además es una estafa. Los mayores responsables son tres: los creadores por hacer estas piezas absurdas, los críticos por exaltarlas, y (quizá el peor de todos) los compradores, porque al pagar esos dinerales las promueven, avalan y legitiman como “obras de arte”. Antes, millonarios como Frick o Morgan compraban cuadros hermosos de grandes maestros. Hoy, coleccionistas como Pinault o Saatchi compran piezas que, a menudo, ni siquiera son aptas para el público por grotescas y horrendas.


Sin embargo, cuando alguien señala que estas piezas son banales y sus precios un engaño, sus defensores vociferan: el arte cambia, y si nos oponemos a su evolución la creatividad se atrofia. Esa tesis es falsa. La gente no rechaza la evolución en el arte. Rechaza la estupidez. Más aún: es un placer recorrer los grandes museos para admirar las diferentes épocas artísticas y estudiar los cambios estéticos. Es decir: la evolución del arte.
Lo cierto es que a pesar de las diferencias de estilos y épocas, los pintores de todos los tiempos compartían un mismo objetivo: crear belleza y brindarle al espectador placer estético. Así se hizo durante milenios. Hasta el siglo XX. Hoy, el artista sólo busca asombrar al público. Pero, como dijo Borges: “Si el fin del poema fuera el asombro, su tiempo no se mediría por siglos, sino por días y por horas y tal vez por minutos”. Estas obras no sólo son banales, en efecto, sino también efímeras.
Un artista debe crear la pieza que quiera. Eso no se cuestiona. Si Piero Manzoni quiso envasar sus materias fecales en latas y venderlas como obras de arte, allá él. Lo grave es que la crítica aplauda esa tontería y que los galeristas paguen fortunas por lo que el italiano tituló, con razón, Merde d’ Artiste.
Woody Allen afirmó: “Algún día alguien se va a presentar en un teatro y va a vomitar en el escenario. Y no faltará la persona que diga que eso es una obra de arte”. La sociedad, sin duda, tiene el arte que se merece.
Antes, el arte ennoblecía la vida, elevaba el espíritu y embellecía la existencia. Ahora, como estos creadores son incapaces de lograr esas metas superiores, afirman con desdén que ésa ya no es la intención del artista. Qué raro. Fue la meta durante milenios, la razón de ser del arte. En cambio, hoy nos debemos extasiar con las bañeras de Whiteread y los tubos de neón de Nauman. Y exclamar que son geniales. En suma: ésta es la mayor estafa en la historia del arte, y ya es hora de denunciarla.

Tomado de arteytextos.blogspot.com

viernes, 31 de diciembre de 2010

Por un feliz y próspero 2011!!!!!


"Esto es lo que debes hacer: ama a la Tierra y al Sol y a los animales, desprecia las riquezas, da limosna a quién te la pida, defiende al tonto y al loco, dedica tu dinero y tu trabajo a los demás, odia a los tiranos, discute sin preocuparte de Dios, ten paciencia e indulgencia para con la gente, no te quites el sombrero ante nada conocido o desconocido ni ante ningún hombre o grupo de hombres...Cuestiona todo lo aprendido en la iglesia, la escuela o los libros, desecha lo que sea un insulto para tu propia alma y tu misma carne será un gran poema." (Prefacio de Hojas de Hierba), de Walt Whitman