Hola a tod@s, bienvenidos a mi blog HOMOARTIS. Este espacio está pensado fundamentalmente para mis alumnos Historia del Arte e Historia del Teatro. HOMOARTIS pretende ser un espacio abierto donde podamos compartir nuestro amor por el Arte en sus múltiples formas, y su desarrollo a lo largo de la Historia, como disciplina creativa y expresiva del Hombre. Espero que este blog crezca con sus comentarios y sugerencias.
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lunes, 25 de julio de 2016
domingo, 27 de septiembre de 2015
martes, 22 de septiembre de 2015
EL URUGUAYO - Copi
EL URUGUAYO de Copi
Querido Maestro:
Sin duda le sorprenderá recibir noticias mías desde una ciudad tan
lejana como Montevideo. La razón por la que me encuentro aquí, confesémoslo de
entrada, se me escapa. Si me permito dirigirle esta carta, sin duda irritante,
es más por ser leído por usted que por lo que le voy a contar: no le ofenderé
pensando que mi historia le interesa más que a mí. Le estaré, pues, muy
agradecido si saca del bolsillo su estilográfica y tacha, a medida que vaya
leyendo, todo lo que voy a escribir. Gracias a este simple artificio, al
término de la lectura le quedará en la memoria tan poco de este libro como a
mí, puesto que, como probablemente ya habrá sospechado, prácticamente ya no
tengo memoria. Le imagino dudando, con su estilográfica en la mano, al ver que
la frase anterior presenta varios ejes a partir de los cuales puede empezar a
tachar; yo dudo como usted. Dejo esta decisión a su libre arbitrio. Escribiendo
me doy cuenta de que ciertas frases me quedan extrañas, como esta última (dejo
esta decisión, etc.) sin duda porque, en los últimos tiempos, he practicado
mucho más la lengua que se habla en este lugar que el francés y probablemente
volver a un lenguaje normal me es más difícil de lo que creía. Le ruego, pues,
que excuse alguno de mis giros. El país se llama República Oriental del
Uruguay. Y el Uruguay, siendo naturalmente un río que está al occidente de la República,
es un nombre que, en indio, podría traducirse por la República (URU) está en
Oriente (GUAY). Aquí tiene la primera cosa rara. La segunda es ésta: la ciudad
se llama Montevideo y ellos te explican tranquilamente que esto en portugués
quiere decir: he visto el monte*. Sigo escribiendo y doy
por supuesto que ha leído y tachado esta llamada, lo que no siempre es seguro,
ya que hay una cierta categoría de lectores -lejos de mí el censurarlos -que
leen al final de la página todas las llamadas a la vez. Estoy seguro que le
habrá molestado que emprendiera solo tan largo viaje. Debería, lo sé muy bien,
haberle llevado conmigo en lugar de huir como un ladrón. Ya está hecho y
aprovecho para confesarle que lo que me *«Vide o Monte», pues, aun aceptando
explicación tan delirante, la ciudad debería llamarse Videomonte y no Montevideo asqueaba de usted (y lo que habría
hecho insoportable su compañía en este viaje) es su manía de detenerse a cada
momento para tomar notas de lo que ve, como en nuestro viaje a Normandía al término
de mis estudios. Antes lo toleraba, ahora esto francamente me tocaría los
huevos. Tache con rabia. Al entrar en el puerto no dejas de ver el monte que
domina la ciudad. Es una convención: el monte no ha existido nunca. La
mierdecita de perro que llevaba conmigo no dejó de gritar junto a los otros
turistas: ¡Montevideo! al ver no sé qué naranja
que flotaba entre dos aguas igual de aceitosas. Sé que aquí ha tachado con
melancolía. Naranja entre dos aguas aceitosas... y se imagina ya el monte y se
dice: es como si realmente lo hubiera visto. ¡Ah, cómo sigo el ritmo de su
estilográfica cuando tacha mis frases! ¡Querido Maestro! Llora, viejo boludo,
nunca más estaré contigo. No impide que Montevideo sea agradable. Las calles,
los espacios verdes, la arena, el mar. No tengo más ganas de escribir. Me
desalienta estar tan lejos de usted. Nunca sabré en qué momento leerá estas
palabras ni dónde estaré yo entonces. Prométame que hasta ahora lo ha tachado
todo. Hasta mañana, a sus pies. Copi. Hoy no tengo ningunas ganas de
escribirle. Voy a pasearme por las dunas con mi perro Lambetta, lanzaré trozos
de madera seca entre las olas y él estará encantado de ir a buscarlas y devolvérmelas bien mojadas. Somos
bastantes los que hacemos esto, pero es tan grande el espacio, que no nos
molestamos entre nosotros. Los perros nos molestan únicamente cuando, justo a
nuestro lado, se sacuden el agua que les ha quedado adherida en el pelaje; yo
no sé si ha estado alguna vez al lado de un perro mojado que se sacude, es
como una lluvia de lo más irritante y molesta; te hace ponderar el contrapeso
del placer que se experimenta al lanzar un trozo de madera entre las olas. Les
gusta también un juego muy singular que consiste en correr a lo largo de la
línea de demarcación entre el mar y la arena, ora mojándose las patas, ora
hundiéndolas brevemente en la arena que se adhiere a dichas patas gracias al
agua de la que están mojadas, siendo lavada dicha arena por el agua del mar
apenas ellos la han rozado, y así sucesivamente, a veces en parejas (los
perros) y a veces solos. Pero aquí me detengo porque esto deviene rápidamente
sistemático. Usted me dirá ahora: olvídese de los perros, siéntese sobre una
duna, encienda un cigarrillo haciendo paraviento contra el viento Con las manos
en bocina y piense en otra cosa. Sospecho que usted tuvo un perro en su
juventud, es una típica idea de un amo de perro, Maestro. Pelotudo. Sospecho
que incluso va a tachar todos los insultos de esta carta antes de releerla. No
le va a quedar nada de ella, sabe usted. Pelotudo. He tachado por mí mismo todo
lo que sigue a la palabra Copi. No he encontrado mi lenguaje de ayer. Voy a
pasearme. Aquí las gentes están dispuestas de manera diferente según los
barrios (un barrio se llama un cuarto, que quiere
decir también dormitorio). Hay cuartos en los que no hay ni casas y que me parecen
los más interesantes, ya que la disposición de las gentes (gentes: jujo en
uruguayo) parece la más movible. Cada persona ocupa un lugar en un barrio cualquiera
de la ciudad, pero sus lugares varían considerablemente de dimensión. Por
ejemplo un árbol puede ser un lugar lo mismo que un metro cuadrado de acera,
dos metros cuadrados de acera, una plaza en un automóvil, e incluso un caballo
entero o parte de este caballo; en fin, todo puede ser un lugar desde el
momento en que ellos pueden darle un nombre. Y esto no les cuesta nada, créame.
No paran de inventarse palabras que les pasan por la cabeza. Si uno de ellos me
viera escribir en este momento (para escribir me escondo) podría inventar una
palabra con la que nombrar mi cuaderno, mi estilográfica y a mí mismo (digo
podría, pero estoy seguro de que lo haría) y esta palabra se convertiría
automáticamente en un lugar que él ocuparía en el acto, dejándome, en cierta
forma, fuera. Un lugar se ocupa o bien físicamente (en el caso que acabo de citar
esto habría sido imposible, evidentemente) o bien
sintiéndolo. Hay una palabra para decir me ,siento en mi lugar y ésta es
precisamente el nombre de la ciudad: Montevideo. A veces se encuentran en
situaciones totalmente ridículas, por ejemplo en aquel caso en el que varios
de ellos gritaban a la vez Montevideo. Eso, para ellos, define un barrio y se
ven obligados a explicar el lugar de cada uno para poder inmediatamente delimitar
el barrio. La mayoría de las veces sus discusiones no conducen a nada (sospecho
que mienten bastante a menudo, a pesar de que la palabra mentir no existe en
su vocabulario) (de hecha no se sirven nunca de ningún verbo) puesta que
todos pretenden tener siempre un lugar más grande (imponente) que el de
su vecino, es decir, que su lugar comprende mayor número de elementos (por
ejemplo un pan, una mesa, una silla y un tenedor) que otro lugar que no tendría
más que la mitad del pan (a menudo, además, el del vecino), un tenedor torcido
y una pequeña punta de salchicha (la llaman sassassa), mientras que un tercer
vecino pretende que su lugar comprende un pan, la mitad del pan (que ya se
encuentra en litigio), el tenedor, la mitad de ese tenedor, un salchichón, un
azúcar y un jardín, pongamos por caso. Incluso una vez escuché a uno que
pretendía que su lugar comprendía el mar y la tierra, discutiendo con otro que
aseguraba que su lugar comprendía todos los mares y todas las tierras, a lo que
el primero respondió: ¡papá! que en uruguayo quiere decir (lo supe más tarde:)
la tierra (comprendiendo la tierra y todos las mares y todas las tierras) mientras
que un tercero que hasta entonces había estado callado gritó de pronto:
¡Sistema Solar! y un cuarto, en el mismo instante, dijo: ¡sississi! (sistema en
uruguayo). Ellos consideraron evidente que había sido este último el que había
ganada el barrio y los otros tuvieron que mudarse al campo. El que gana un
barrio queda confinado en él para siempre, a menos que consiga escaparse, lo
que es extremadamente difícil. Lo que más me molesta de ellos es que no huelen.
Lambetta se siente perdido. Como no tiene nada que olfatear, finge que olfatea
la arena y se inventa olores. Esto lo hizo en las primeros días, parque ahora
me parece que ya no se acuerda de lo que es un olor, ya que no olfatea nada y
el pobre se contenta únicamente con lo que ve, como la punta de madera que va y
viene en su boca y en el aire indefinidamente entre mi mano derecha y el mar.
No debí nunca llevar a mi perro conmigo, se siente muy desgraciado. Debería
habérselo dejado a usted para que me lo guardara, Maestro. Hay tantas cosas a
degustar con el olfato en su casa, sus viejas ropas, sus pedos, su balcón, la
madera de su mesa, su propio olor, sus coles impregnándolo todo de ese olor impertinente que destilan mientras usted toma
las últimas notas de una tranquila jornada de otoño, con su apetito abriéndose
cada vez más, como una col, dentro de su estómago y con la saliva suelta en su
boca cerrada. Le habría estado incluso agradecido, mi pobre Lambetta, si
hubiera podido lamerle la mano izquierda sin impedirle esto escribir con la
otra mano. Para ellos yo no soy nadie o casi nadie. Entre ellos ocurre lo
mismo. Viven con el terror de que alguien deje de gritar Montevideo cuando lo
gritan, pues se arriesgan a encontrarse con un barrio bajo el brazo, lo que
para ellos es un deshonor, pues en ese momento cualquiera podría tomarlos como
lugar, ya que se les considera muertos. Solamente (y esto es realmente
delirante) pueden ser tomados enteros, nunca por partes. Si el barrio (es
decir, el muerto) comprende un perro, una casita, un jardincito, una vajilla y
quizá la muerte misma, nadie puede coger la vajilla o el jardincito, etc.,
dejando el resto, debe cogerlo todo. Los lugares, a medida que la gente muere,
se van haciendo cada vez más raros y complejos y hay lugares (muertos) que
comprenden centenares de lugares (muertos) y nadie quiere cogerlos a menos de
que se vea realmente forzado a ello, pues corres el riesgo de tener un barrio y
por consiguiente estar muerto (¡). Los viejos son los que generalmente están
muertos más veces, aunque conocí a un niño de siete años que estaba muerto
cuarenta y siete veces, aunque hay que decir que no tenía aire de buena salud.
Es una especie de héroe nacional, por lo que comprendí, pues está siempre
sentado sobre el pedestal de una estatua en posición de estar a punto de jugar
al boliche y los transeúntes le aplauden cuando pasan por el lugar: una plaza
(la estatua, es decir el niño, está justo en el centro de la plaza), y cuando,
en mi pésimo uruguayo, pregunté a un transeúnte porqué aplaudían, me respondió niño rico-rico, que
quiere decir este niño es muy rico, lo que significa que es el propietario de
numerosos barrios y, por tanto, una esperanza para el país, puesto que (ésta es
su religión) ellos esperan que uno de los suyos llegue un día a ser propietario
de todo el Uruguay. Lo que, sin duda, les ahorraría muchas preocupaciones. No
les falta una cierta elegancia en alguna de sus costumbres. Por ejemplo la
ceremonia en la que exorcizan sus dobles. Es ésta su única distracción y uno de
los raros momentos en los que les he visto si no reír al menos sonreír juntos.
La cosa va así: se reúnen de diez a quince (el número poco importa) y delimitan
con un trozo de madera dibujando en la arena (prefieren las dunas) lo que ellos
llaman el «mapa mundi» ,es decir, el primer dibujo que se les ocurre.
Después se colocan en el interior de la manera que les parece más adecuada a su estado de ánimo, por ejemplo uno
se convierte en una cantante muda de ópera (es decir, no importa qué) y abre la
boca con los brazos en cruz en un lugar cualquiera del dibujo, un segundo se
convierte en dentista pensador, es decir que mira el interior de la boca del
primero con aire concentrado, un tercero se convierte en reidor, es decir, que
mira a los dos primeros estallando de risa cada vez que su mirada va de uno al
otro, un cuarto se convierte en tosedor, es decir que tose cada vez que el tercero
ríe, un quinto golpea la espalda al cuarto cada vez que éste tose, un sexto
sodomiza al quinto (sí, ha leído usted bien), un séptimo señala con el dedo (al
sexto y al quinto) con aire reprobador, un octavo señala al séptimo repitiendo
indefinidamente moralista, moralista, un noveno lo mira todo (los ocho
primeros) a una cierta distancia sin expresión particular y un décimo hace la
limpieza, es decir, que sacude el polvo (a los nueve restantes) sirviéndose de
un plumero o de un trapo húmedo. Y ahí comienza la
distracción. Cuando uno de ellos tiene un momento de distracción (es fácil
distinguirlo una vez que estás habituado al juego) los nueve restantes ríen.
Explicado de esta manera parece un juego idiota, pero jugarlo resulta bastante
divertido, sobre todo cuando los momentos de distracción se prolongan varios
minutos. Yo mismo he jugado bastantes veces y me he divertido mucho; así como
mi perro, que adora el juego, ya que gana casi siempre al ser poco distraído
de naturaleza. Los uruguayos pronuncian una media de tres palabras por día*, algunos pronuncian siempre la misma
palabra, otros son resueltamente mudos. Cuando dos de entre ellos pronuncian
habitualmente la misma palabra (poco importa de qué palabra se trate) se
convierten en «hermanos de sangre», es decir, que pertenecen a una formación
política y son fusilados de inmediato. Este es el origen, creo, de su manía de
inventar palabras cada vez más complicadas. Hace poco tuve un incidente
extremadamente molesto que ilustra bien esta manía. Entré en un estanco con mi
perro. Había entrado para comprar cigarrillos y mi perro lo había hecho por
acompañarme (es poco fumador). No recuerdo qué es lo que iba a contarle. Ah,
sí. Pido cigarrillos y un segundo uruguayo que había entrado detrás mío
pronuncia al mismo tiempo la palabra «pitillo» (polla. Cigarrillo y polla
tienen el mismo nombre. De hecho, lo que quería él era acostarse con la señora
del estanco, una negra que, por cierto, no estaba nada mal). La señora del
estanco se queda estupefacta. Yo miro a mi compañero de palabra que confundido
deja caer su dentadura al suelo. Me agacho ¡Y aún!
para recogerla. El también se agacha y toma a mi perro en
brazos (más tarde me pareció entender que creía que yo quería cambiar su
dentadura por mi perro). Nos miramos los tres, la señora con un paquete de
cigarrillos en la mano, él con mi perro en brazos, yo con la dentadura cogida
con la punta de los dedos. ¿Pitillo?, dice al poco rato la señora, en
tono desconfiado. No me atrevía a pronunciar palabra por miedo a que el otro
pronunciara a la vez la misma palabra y entonces sí que la liábamos del todo. ¿Pitillo?
repitió la señora, a lo que yo me puse a reír de un modo forzado
repitiendo «no pitillo, no pitillo», pero veía que el otro uruguayo,
pálido como la cera, estaba mirando de reojo. La señora se puso decididamente
agresiva: ¿Hermanos? ¿Hermanos?, nos dijo señalándonos con el dedo,
primero a uno y luego al otro. «No, no, no hermanos», dije. Tras esto
salí del estanco haciendo crujir la dentadura y me alejé sin volver la cabeza.
Un minuto después mi perro se reunía conmigo. ¡Con un ojo reventado!
¡Esos cerdos le habían
reventado un ojo! ¿Quién lo habría hecho? ¿La señora, el cliente sospechoso o
los otros clientes del estanco? Nunca podré saberlo. Seguramente forzaron al
cliente sospechoso a reventar el ojo de mi perro. Pobre hombre. Todavía tengo
su dentadura en el bolsillo. Quién sabe si encima no lo fusilaron. Y si mi
perro vive todavía es porque debieron pensar que verlo con un ojo reventado me
apenaría más que verlo muerto (saben que los extranjeros temen más las mutilaciones
que a la muerte) y doy gracias al cielo por ello. Ahora le dejo, querido
Maestro, hasta mañana, pues mi perro está a punto de morderme los dedos de los
pies, lo que para él quiere decir: es tarde, vamos a dormir; y desde que es
tuerto no me atrevo a contrariarle. Me ha obligado incluso a comprarle para su
ojo una venda negra que, todo sea dicho, le sienta la mar de bien. Los perros
son de una coquetería desarmante. Hasta mañana, viejo boludo. Buenos días,
pelotudo. Espero que habrá tachado todo lo anterior, sobre todo la historia de
la venda y del perro, no vaya a enternecerse con esto, viejo boludo. Ciao,
Maestro, hoy no tengo ganas de escribirle. Hola, Maestro. He dado una vuelta
rápida por la playa y he perdido a mi perro. Ha hecho un pozo en la arena
cavando con las patas delanteras y lanzando la arena detrás suyo entre las
patas traseras (los perros hacen esto bastante a menudo) de modo que ante él
el pozo se ha ido haciendo cada vez más profundo y detrás suyo una montaña de
arena ha ido aumentando paralelamente de volumen. Me he distraído dos segundos
y cuando he vuelto a mirar he visto que la montaña de arena se había hecho
enorme. Me he acercado: el pozo no tenía fondo y mi perro había desaparecido en él. Le he llamado a voz
en grito, pero no ha habido nada que hacer. Da igual, compraré otro. Los perros
uruguayos no son más tontos que los occidentales. Volviendo de la playa me he
dado cuenta de que las calles habían cambiado de sitio, bueno, no exactamente
esto, se lo explicaré. La arena ha invadido ciertas calles (el viento aquí no
cesa nunca y las dunas no paran de cambiar de lugar) y ha
situado ciertas casas, que se hallan casi cubiertas de arena, en medio de lo
que había sido una calle. Al intentar encontrar mi camino he tropezado con una
rama: era la copa de un árbol de cinco metros (la he reconocido por la
disposición de tres nidos de pájaros en los que anteriormente había reparado).
He golpeado la ventana de una tercera planta de una casa para pedir
información: nadie ha respondido. Por todas partes hay chimeneas, ramas, los
pisos más altos de las casas más altas, incluso una carrocería de automóvil
(me pregunto cómo habrá llegado hasta aquí), pero ni una sola alma viviente.
Habría podido pensar que era el único superviviente de una catástrofe nuclear
y que yo había salvado milagrosamente la vida al hallarme en la playa en el
momento de la explosión, pero esto tiene poca lógica. Una explosión nuclear, si
no me acuerdo mal de lo que leí en los periódicos franceses, lo arrasa casi
todo, pero no deposita arena sobre toda una ciudad. Además, habría oído el
ruido de la explosión. ¿Una especie de tornado, quizá? En cualquier caso estoy
contento de haber encontrado milagrosamente intacta mi buhardilla (aunque la
arena llega hasta el borde) y de haber hallado en ella la carta que he
comenzado a escribirle y que confío que fielmente haya tachado hasta aquí. ¿Ve
cómo tenía razón al pedirle que tachara todo?: el Uruguay ha cambiado de repente
tanto que lo que hasta ahora le he contado ha quedado caduco. Ahora (llamemos a
las cosas por su nombre) me encuentro en medio de un desierto de arena dominado
por un monte igualmente desierto. He roído algunos huesos de mi pobre perro
muerto, a pesar de que no tenía tanta hambre. No tengo sed ninguna. Me voy a
dormir, aquí no hay gran cosa que hacer. Hasta mañana, viejo. Hola, viejo. He
dado una vuelta por la ciudad y he ido a la playa con la vaga esperanza de
encontrar a mi perro*. (* Los límites entre la playa y la ciudad
son, en la actualidad, imaginarios, obviamente.)
He hecho un castillo de arena al lado del agujero
en el que él se hundió y he colocado sobre la torre una pequeña bandera que he
confeccionado con una rama y uno de mis calcetines tricolores. Esto le habría
gustado bastante, pienso. Cuando volvía he encontrado un cadáver, el de la
señora negra del estanco, desnuda con tacones altos y un tajo en el cuello. Al principio he pensado
enterrarla en la arena, pero me ha parecido que era ridículo que estuviera
enterrada a un metro del suelo cuando todos sus conciudadanos estaban
sepultados a diez o quince metros y he optado por dejarla allá. Por pudor he
echado dos puñados de arena sobre su sexo entreabierto. He tratado de imaginar
cómo era la ciudad antes de la catástrofe, pero es casi imposible, vistos los
pocos puntos de referencia que tengo: estatuas, árboles, tejados de los
edificios más altos, algunos pararrayos. Como no tengo nada que hacer y para
pasar el tiempo he dibujado en la arena con un trozo de madera el lugar de las
aceras, de las calles, de las casas, de los peatones, de los perros, de los
coches, y circulo únicamente por las calles y las aceras. Cada vez que
encuentro un peatón (están bastante bien dibujados, teniendo en cuenta que los
veo desde arriba) digo buenos días señora, buenos días señor o bien qué bonito
perro tiene usted. He tenido incluso una conversación muy animada con una
señora a la que he elogiado su escote y que me ha sonreído (he tenido que
imaginar su sonrisa ya que su sombrero la cubría totalmente). Para atravesar
las calles me deslizo entre los coches y he tenido la mala suerte de tropezar
con un parachoques que casi he borrado y que he tenido que volver a dibujar.
Hoy ha soplado un viento ligero que ha borrado un poco mis dibujos de ayer y
como no tenía demasiadas ganas de volver a dibujarlo todo he escrito el nombre
de cada objeto o persona con grandes caracteres sobre ellos. Por ejemplo, he escrito
coche sobre los coches, Mimí sobre el sombrero de la señora que me había
sonreído, Las acacias sobre una casa, roble sobre un árbol, etc. He
tenido algunas dificultades con las manzanas de casas que contienen numerosos
detalles en el dibujo y he dudado entre escribir en grandes muy grandes
caracteres (arrastrando un tronco de árbol) «manzana de casas» sobre una
manzana entera de casas, lo que habría borrado muchos detalles, o bien escribirlo
muy pequeño en una esquina. Estaba sentado en el suelo reflexionando sobre este
problema cuando he visto a mi izquierda, medio cubierto de arena, un pollo
asado. Inútil decirle que no he desperdiciado la ocasión (he pasado seis días
sin comer) y he corrido hasta el mar para lavarle un poco la arena. Lo he
devorado incluso antes de que saliera del mar, entre las olas. Esto me ha
levantado un poco la moral y he andado a lo largo del mar hasta la tumba de mi
perro para recogerme un poco. ¡Sorpresa! El hoyo se ha ensanchado
considerablemente, ahora tiene casi cincuenta metros de diámetro y está lleno hasta el tope de pollos que hacen un ruido infernal.
Naturalmente los que están encima se salvan del pozo y corren hacia ... iba a
decir la ciudad, en fin, hacia mi dibujo. He mirado durante horas este pozo de
pollos que me parece inagotable. He aquí resuelto, al menos temporalmente, mi
problema de alimento. Esta raza de pollos vive y muere a una rapidez
extraordinaria. Hay quienes se convierten en pollos asados, en pollos fríos e
incluso en caparazones de pollos antes de salir del pozo y son pisados por los
otros (es bastante desagradable, debo decirle). Los que consiguen salir vivos
se precipitan hacia la ciudad poniendo huevos cada tres o cuatro metros sin
detenerse ni tan siquiera para mirados. He visto un pollo convertirse en pollo
asado a poco más de tres metros del huevo del que acababa de salir. En cuanto a
los huevos, revientan al momento y sale un pollito que corre a toda velocidad
hacia la ciudad. Algunos huevos, reventando, descubren un huevo frito que se
menea durante algunos instantes como una ostra y después muere. Esta banda de
puercos ha dejado mi ciudad en un estado repugnante en menos de tres horas. Dos
huevos rotos sobre el sombrero de Mimí, las aceras cubiertas de mierda,
caparazones podridos en los nidos que yo había dibujado en los árboles. Hasta
mañana, viejo boludo. Hola, pelotudo. Esta mañana un yate de turistas
argentinos ha varado en la orilla. Me han preguntado si necesitaba algo, he
respondido que no. Cuando se han ido me he dado cuenta de que podría haberles
dado esta carta, pero ahora ya es demasiado tarde. El mar ha avanzado casi un
kilómetro. He tenido que correr para no ser atrapado por las olas. Los pollos
flotan entre ellas y parecen más contentos, mucho menos presurosos e histéricos
que ayer. El mar ha tardado tres días en retirarse calmadamente, llevándose con
él toda la arena, y la ciudad de Montevideo está todavía ahí, cubierta de
cadáveres. Ayer tarde oí el ruido de un motor, salté de mi cama y miré por la
ventana: era un camión de la Municipalidad que venía a llevarse los cadáveres.
Me ha horrorizado la idea de ser colocado en el camión junto con los otros y he
pasado el resto de la noche escondido bajo la cama pese a que no les he oído
entrar en la casa. Cuando finalmente me he dormido, he tenido un sueño raro
que más tarde le contaré pues el despertar ha sido mucho más interesante. Mi
habitación estaba literalmente invadida por militares, algunos sentados sobre
mi cama, otros caminando de arriba a abajo entre el lavabo y el armario,
chocando a veces con las paredes, incluso había cuatro sentados sobre el
armario y dos en su interior; todos fumaban grandes habanos y no cesaban de
hablar al unísono. Tímidamente he salido de debajo de la cama y se han callado.
Han venido a estrecharme la mano uno tras otro, algunos me han dado hasta besos
en las mejillas. Ha entrado una niña de unos seis años con mi perro disecado en brazos y me
lo ha dado. En cuanto lo he cogido se ha marchado en silencio. No he
comprendido absolutamente nada de la ceremonia ni tampoco cómo encontraron el
cadáver de mi perro, ni por qué me lo daban. En cualquier caso parecían tan
cordiales que he pensado que no debía inquietarme; he colocado a mi perro
disecado encima de la chimenea, he ido al baño y he salido a la calle como
todos los días. Esto no ha cambiado tanto en relación con lo que era antes de
la catástrofe, a excepción de que toda la gente está muerta y disecada. Usted
me dirá que ésta es una diferencia notable, pero como nunca tuve verdaderas
relaciones con ellos, al cabo de cinco minutos me he habituado perfectamente a
esto. Debo decirle que la manera en que están colocados es bastante grosera (¡tan meticulosos como eran en la elección de sus lugares!), se ven a
veces montañas de cadáveres en la esquina de una calle, algunos sobre un coche,
incluso he visto algunos pegados en los árboles, y los que están colgados de
las ventanas están a veces colocados del revés, es decir que todo lo que se ve
de la calle son sus piernas y zapatos. Se diría que se ha hecho este trabajo con
prisa y sin convicción. Al llegar al estanco (la señora negra estaba disecada
acostada sobre el mostrador) he tenido la sorpresa de encontrarme la niña que
hacía unos instantes me había dado el perro, la cual, al verme, ha sido presa
de una crisis de risa loca y ha ido a esconderse detrás del mostrador. He
cogido un paquete de «gauloises» y he dejado un franco cincuenta (tres pesos
diez) sobre el vientre de la señora negra, después he salido y he ido hacia la playa (hace un
tiempo espléndido). Allí he encontrado a mis amigos militares de esta mañana
ocupados en medir el pozo de pollos (el que había sido la tumba de mi Lambetta)
con cuerdas. Me han recibido con signos de alegría y me han ofrecido cigarros.
Los he rechazado cortésmente y parece que esto les ha divertido pues han
empezado a revolcarse de risa por tierra, sobre todo cuando me han visto
encender un «gauloises», Cuando se han calmado un poco he preguntado: «¿Por
qué catástrofe?» señalando el pozo. Se han puesto blancos como la
nieve. Finalmente uno ha dado un paso hacia adelante y ha susurrado a mi oreja:
«Yo soy el presidente de la República Oriental del Uruguay» y cogiéndome del brazo me ha llevado hacia el mar.
Al llegar a la orilla se ha desnudado cuidadosamente doblando sus vestidos y
colocándolos sobre la arena. Me ha parecido que yo tenía que hacer lo mismo.
Cuando nos hemos quedado los dos desnudos, los restantes, que se mantenían
prudentemente a distancia, se han puesto a aplaudir y a gritar «viva
el diálogo», a esto hemos saludado
militarmente y hemos entrado en el mar. A cada ola el presidente gritaba «viva
la mar» y me ha parecido que tenía que
hacer lo mismo. A cada una de nuestras exclamaciones los otros aplaudían desde
la orilla. Cuando hemos dejado atrás las olas (el presidente nadaba como una
foca haciendo con la boca un ruido bastante desagradable) me ha dicho en el
tono más natural del mundo: «¿usted presidente?», he contestado «no presidente»,
entonces me ha mirado fijamente con sus ojos de foca: «¿por qué?» me ha dicho.
«N 'est pas president qui veut» le he respondido. «¡Macanas!», me ha
contestado en tono apremiante. Este diálogo me ha parecido perfectamente
estúpido y me disponía a ganar de nuevo la orilla cuando hemos oído el zumbido
de un avión. He alzado la cabeza. En ese momento el avión ha lanzado una bomba
sobre los militares que se habían quedado en la playa. El mar producía olas en
sentido contrario que estuvieron a punto de arrastrarnos demasiado lejos para
poder regresar. Hemos alcanzado la orilla sofocados, donde estaban un montón
de cadáveres carbonizados sobre la arena negra. Haciendo un saludo militar el
presidente se ha ido parando delante de cada uno de ellos pronunciando la
palabra «militar» en un tono solemne, después se ha vestido lo mejor que ha
podido, pues sus ropas estaban medio quemadas (las mías también, pero me ha
parecido que la situación era más embarazosa para un presidente que para mí),
finalmente me ha dicho poniendo una mano en mi hombro: «acconta-me tutto». He
probado de hacerla lo mejor que he podido, comenzando por lo de mi perro
cavando el pozo en la arena. «¿Quién culpable?» me ha preguntado cuando he
terminado de hablar. «No sé» le he contestado. «¡Bravo!» ha gritado besándome
en las mejillas cuatro veces seguidas. Tras esto ha entrado vestido en el mar y
se ha puesto a nadar; no se había alejado ni cien metros cuando he oído el
ruido del avión, he levantado la cabeza y poco después ¡boom! de lleno sobre
la cabeza del presidente, del que no ha quedado más que una gran mancha roja en
el mar. En ese momento he comenzado a hacerme preguntas o más bien una sola
pregunta: ¿por qué era yo el único superviviente del Uruguay? Aparentemente
estaba también la niña, pero pronto he aclarado este punto: al entrar en mi
casa la he encontrado con el vientre abierto sobre mi cama. Hasta mañana,
Maestro. Buenos días, Maestro. Ni un alma viviente. He pasado el día
recorriendo la ciudad en todas las direcciones con un jeep militar que he
encontrado estacionado frente al estanco (¿quién lo ha dejado allí?). En la
caja de ... (iba decir la caja de guardar los guantes, pero los jeeps tienen
una especie de agujero muy corto en el sitio de la guantera) he encontrado una
foto del presidente con la niña (sólo la mitad de la cabeza de la niña entra en
la foto) riendo y mirando al objetivo. El presidente tiene un ojo negro y la
niña va maquillada como una puta. Con el jeep he subido por primera vez al
monte y lo he encontrado mucho menos interesante de lo que pensaba: es una
montaña de tierra dura sin un matorral ni una piedra. En la cumbre (es el único
detalle interesante del monte) está el avión que nos bombardeó ayer, he entrado
en él y está absolutamente vacío, ni un asiento, ni siquiera motor. Esto me ha
asustado, a pesar de que estoy convencido de que tarde o temprano hallaré una
explicación razonable a todo. Esta noche he dormido en el hotel más grande de
la ciudad, el Montevideo (no quiero acostarme en mi cama desde que en ella
encontré el cadáver de la niña a la que, por cierto, he enterrado), en una
habitación que he hallado casi vacía (había tan sólo un cadáver, en la bañera,
pero he cerrado con llave la puerta del baño, así como la que da al pasillo).
Me he despertado bastante tarde, he leído viejos periódicos que he encontrado
en la recepción, he hecho café en las cocinas, he comido tostadas con mermelada
de naranja y bacon que he encontrado en bastante buen estado en los
frigoríficas. Me he paseado a pie por la ciudad mirando los escaparates (estoy
en el centro de la ciudad, bastante lejos de donde habitaba antes) y me he
escogido un bonito traje colonial con botones nacarados que he pagado
cuidadosamente antes de ponérmelo. Esta vida es mucho menos monótona de lo que
usted pueda creer. Se puede leer, escuchar música, pasearse e incluso beber y
cantar a todo pulmón sin que nadie te moleste. Desgraciadamente echo a faltar
un poco el sexo, pero no puede tenerse todo. Me he proyectado incluso un film
ayer noche antes de ir a dormir, en el cine más grande de la ciudad (el
Montevideo), Hello Dolly, no gran
cosa, aunque la vedette es bastante deslumbrante. He tenido la curiosidad de
saber si quedan peces en el mar (no hay un solo pájaro) y me he alejado en una
barca de motor. Todo inútil, ni un solo pez. Cuando se agota la gasolina de un
coche, cojo otro. Carezco de electricidad, me falta desde hace varios días,
pero me alumbro con cerillas, hay suficientes en la ciudad como para que no me
falten en el resto de mis días. En cuanto a las provisiones he encontrado millares
de jamones en los mataderos y siempre puedo comer legumbres que continúan
brotando, me pregunto por qué. Mi único miedo en los primeros días ha sido el
de que los cadáveres comenzaran a podrirse; lo que me habría hecho imposible la
vida en la ciudad (habría sido impensable enterrados, dado el número) pero
parecen tan bien disecados que creo que por este lado no tengo nada que temer.
Ahora voy a confesarle algo que no le habría confesado si pensara que usted va
a leer esta carta (en la situación en
la que me encuentro es imposible que alguna vez lea usted esta carta), pues
bien: he hecho el amor a la señora negra sobre el mostrador del estanco. No
sobre el mostrador, afuera, he instalado un colchón en medio de la calle (me
hacía reír mucho la idea de que los transeúntes pudieran vemos) y le he hecho
el amor al claro de luna, después de haber bebido champagne que incluso he
llegado a deslizar sobre sus senos y que he bebido en su ombligo (tiene un
ombligo bastante profundo). La he dejado en medio de la calle, por si tengo
ganas de volver a verla. He organizado mi vida con horarios precisos. Despertar
a las diez, a continuación footing hasta el mediodía. Almuerzo solo en el Plaza
leyendo periódicos viejos, después visito algunos lugares turísticos (la
estatua de San Santo, los jardines de Doña Marones), más tarde hago un poco de
shopping, entro en mi hotel para arreglarme un poco y ceno en el Plaza o en el
Jockey Club, después voy a beber un whisky a alguna boite y al final de la
velada regreso a casa o voy a ver ala señora negra del estanco (mirando en su
bolso he descubierto, no sin gran placer, sus documentos: se llamaba Voom Voom
Pérez). Nunca dejo de llevarle algún pequeño regalo: un par de medias de seda o
una caja de música. Para Navidad tengo la intención de regalarle un abrigo de
visón que ya he elegido de un escaparate. Usted me dirá: ¿Cómo se lo va a hacer
para saber que es Navidad? Y es ahí donde puedo contestarle: usted no ha
entendido nada de mi relato: Navidad llegará cuando yo lo decida, esto es todo.
Estos últimos días he tenido la idea de un juego que será, creo, el artificio
gracias al cual mis últimos días, si es que mis días van a terminar aquí, se
salvarán del aburrimiento: me gasto bromas a mí mismo. He ido a buscar a mi
perro Lambetta a la otra punta de la ciudad (en la pobre habitación en la que
yo antes vivía) y lo he colocado sobre el pedestal de la estatua de San Santo,
en cuanto a San Santo lo he vestido de Madame Pipí y lo he sentado a la
entrada del urinario del metro. En el interior del maldito avión he colocado
una mesa Knoll que he comprado en las galerías Montevideo y sobre la mesa he
puesto un cepillo de dientes y un guante (sé que esto es un poco surrealista
pero me divierte, por otra parte aquí me río de las modas); he cortado un pie a
la señora negra y me lo he guardado en el bolsillo (imagine la sorpresa que me
he llevado al meter la mano en el bolsillo para coger el mechero), he pintado
de rojo uno de mis zapatos así como uno de los del conserje del hotel y cada
vez que entro miro su zapato, después el mío, con aires de aturdido, después
paso delante de él más tieso que un palo y cuando entro en mi habitación
estallo de risa. El juego, para ser divertido, debe hacerse más complicado cada día. Ayer me disfracé de inspector
de policía (cambié mis vestidos por los de un verdadero inspector de policía y
entré en un almacén de ropa a controlar todos los precios). Puse un peso sobre
un vestido imitación Dior, dos mil pesos sobre un pañuelo de tela de yute, etc.
Seguidamente encarcelé a dos de los empleados ya un maniquí de cera del
escaparate. Les condené a muerte y después les perdoné, aunque de ahora en
adelante no podrán volver a hablarse entre ellos. Me llegan, es cierto,
momentos en los que me muero totalmente de asco. Me quedo tres o cuatro días
en la cama mirando el techo, a pesar de que es bastante feo a causa de las
manchas de humedad inevitables en este país. Pienso en las diferentes posibilidades
de bromas que me quedan por hacer y que, después de todo, son bien limitadas. A
fuerza de quedarme acostado mirando al techo me han pasado cosas bastante
raras por la cabeza. Paso a contárselas: anteayer pensé en una vaca con tal
fuerza que acabé viendo la palabra vaca escrita en grandes letras de neón en la
pared de enfrente de mi hotel. En este momento el neón está apagado, pero sigue
ahí. He hecho circular un coche tan sólo pensando en el movimiento del coche y
en el coche al mismo tiempo; ha marchado con tal rapidez que he tenido que
correr al lado del coche hasta que se ha estrellado contra un árbol que no
había previsto.
Todos estos poderes raramente los utilizo para servirme la mesa o
rascarme la espalda porque normalmente me ocupo yo mismo de todas las tareas
utilitarias para conservar la forma física, pero estoy muy contento de las
posibilidades que se abren ante mí gracias a lo que yo llamo, ruborizándome,
mis pequeños milagros, puesto que si tengo que terminar aquí mis días siempre
es tranquilizador saber que cuando ya no tenga fuerzas para ir a buscarme
remolachas al campo podré siempre tenerlas sobre mi mesa tan sólo pensando en
remolachas, en mi hambre y en mi plato al mismo tiempo. ¡Pensar
que me han llegado poderes de brujo, justo en el momento en que esto no puede
servirme de nada en esta mierda de país sin ni tan siquiera mi gato para aplaudirme! Pero la vida quizá sea siempre así: todo te llega a
destiempo y sin explicación aparente, y me digo que, después de todo, usted es
quizás en este momento tan desgraciado como yo por razones tan raras para usted
como mi situación lo es para mí. Golpe de teatro: la gente se ha puesto a
resucitar. El primero al que he visto hacer esto me ha dejado atónito, se lo
aseguro. He visto un cadáver ponerse a bostezar como si se despertara (el del
vendedor de periódicos que tengo la costumbre de ver en un ángulo del Palazzo
Salvo con lo que le queda de sus periódicos, tres o cuatro pedazos de papel
desgarrados por el viento y amarillentos por el sol en su puño cerrado). Al principio no he podido
creerlo y he pensado que era uno de estos milagros que hago en estos últimos
tiempos, pero no, el tipo estaba bien vivo y después de haber bostezado y de
haberse frotado los ojos ha mirado los pedazos de papel viejo que tenía en la
mano y me ha mirado y me he dado cuenta de que estaba pensando que yo le había
robado sus periódicos mientras él echaba una siesta. Me he puesto a correr a
toda velocidad, no por miedo al tipo sino por la explicación que iba a seguir a
esto, ¿cómo habría podido creerme si le cuento que ha estado muerto durante tres
años? Tras trescientos metros de carrera a pie he visto a una mujer que me
saludaba gritando ¡taxi! ¡taxi! Por un reflejo instintivo de
miedo (lo confieso) he girado a la derecha y me he perdido en una callejuela
desierta de la que conocía de memoria hasta el más pequeño escondrijo. Al
saltar detrás de un gran cubo de basura, la tapadera se ha levantado y un tipo
ha saltado fuera y me ha estrechado las manos. Y así
sin parar. De golpe he comprendido que su resurrección tiene una relación
directa conmigo, aunque me pregunto de qué naturaleza. La mujer que me gritaba
¡taxi! ¡taxi! ha seguido tomándome por un taxi cada vez que la he encontrado y
siempre quiere subir encima mío. Más de una vez pensé en deshacerme de ella (es
una pesada) porque nunca se le ocurrirá tomar a cualquier otro por un taxi. De
hecho todo su universo mental gira en torno a un taxi que soy yo puesto que es
la única palabra que recuerda de antes de su muerte. El vendedor de periódicos
sigue creyendo que le he robado los periódicos y cuando me ve se pone a llorar
y a gritar: ¡periódicos! ¡periódicos! y si yo le diera periódicos haciendo ver
que se los devuelvo, o bien se los pagara, no cambiaría nada: para él yo soy
para toda la eternidad la palabra «periódico» o bien el que le ha robado sus
periódicos (lo que para él viene a ser la misma cosa). Hay tres tipos (tres,
digo bien) que me toman por una piel de plátano con la que ellos resbalaron
antes de su muerte y cada vez que me ven dicen «banana, banana» y después hacen
ver que resbalan y dan de bruces en tierra. Hay otros que me toman por su
hermano o por su madre e incluso hay una anciana que está convencida de que yo
soy ella misma. Estoy literalmente asediado por esta banda de alienados que no
dejan de seguirme. Intento concentrarme para tratar de hacer el milagro de que
al menos sus bocas se cierren, pero no poseo suficientes poderes. Sin embargo,
he conseguido levantar una baldosa del pavimento y con ella he apaleado a la
vieja idiota que me toma por ella y que de entre todos ellos es la más
irritante porque quiere entrar dentro de mí y no para de hacerme morados en las costillas y los brazos
con su cráneo. Hay otro que me toma por una escoba, anteayer estuvo a punto de
estrangularme al querer barrer no sé qué polvareda. Afortunadamente tuve
suficientes poderes para aflojarle los dedos, si no llego a hacerla ahora no
estaría escribiéndole. No salgo de mi habitación de hotel más que para hacer
los recados de la semana, ya que la ciudad se ha puesto imposible. Cuando entro
en mi casa me tapo las orejas para no oír sus gritos. Usted me dirá, claro
está, que puesto que son tan bestias como una bestia (es oportuno decirlo)
podría hallar el medio de domesticarlos (a los más calmados) o de enrejarlos (a
los más agresivos), lo que probablemente sería fácil si tratara de hacerlo,
pero el estado de indignación en el que me encuentro me impide hasta mirarles a
la cara. Por el momento estoy tan furioso contra ellos que cuando veo a uno no
puedo evitar el insultarle y el diálogo se hace imposible. Finalmente me he
armado de valor y me he dicho que debería pedir una audiencia al presidente de
la República, que tan gentil fue conmigo justo antes de su muerte, para
exponerle mi problema. Le encuentro (al presidente) tras haberme visto obligado
a pasar por las formalidades más estúpidas que usted pueda imaginarse y que
pasaré por alto. Sin embargo, él tiene aspecto de alegrarse de volver a verme
y llora de emoción estrechándome la mano. Está solo en su despacho dibujando en
una pizarra el mapa-mundi (así lo llama él), es decir: una vaga idea de lo que
imagina que debe ser el Uruguay tras el desastre. No es la forma, geográficamente
hablando, lo que ha cambiado sino la colocación de los habitantes a los que
dibuja, con una tiza de color rosa, en la pizarra (dibuja los límites del
Uruguay en amarillo y los accidentes geográficos, tanto las montañas como los
ríos o las casas, en verde). Como toda la población del país me sigue a todos
los sitios a los que voy, no para de redibujar el emplazamiento de las gentes
con su tiza rosa siguiendo las informaciones que de mis desplazamientos recibe
por teléfono sin interrupción. Me decido a hablarle con toda franqueza y le
digo que en la situación en la que me encuentro (se la explico con detalle) su
país ha dejado de interesarme. Cuando mi discurso termina el presidente se
rasca la cabeza; después, tomando una decisión (me pregunto cuál) sale de la
habitación y regresa al poco rato con la niña (la niña que yo había encontrado
despanzurrada en mi cama) y con la señora negra del estanco (mi antigua novia
muerta, aunque ella nunca lo ha sabido). Por un momento he tenido miedo de que
me obligara a casarme con la señora negra, pero se trata de otra cosa. Ha
sacado de un cajón el pie que yo había cortado a la señora negra durante su
muerte y me ha pedido que le
enseñara como hago milagros. He logrado pegar de nuevo el pie aunque al revés,
pero creo que no se han dado cuenta porque a los tres se les caía la baba de
admiración. A continuación me ha pedido que despegara la nariz de la chica y
me he negado enérgicamente porque un milagro, después de todo, es un milagro y
hay que hacerlo servir para acciones justas o al menos útiles. Ha comprendido
mi punto de vista y educadamente me ha pedido excusas. A continuación me ha
ofrecido un habano que he aceptado y le ha dicho a la niña que saltara a la
cuerda, lo que ha hecho, y a la señora negra que bailara, lo que igualmente ha
hecho, aunque de modo bastante poco atractivo a causa de la posición de su pie,
y él mismo ha sacado un violín del cajón y ha hecho ver que tocaba (el violín
no tiene ni cuerdas). Me he dado cuenta de que esperaban alguna frase amable
por mi parte y les he dicho «charmant, charmant», lo que al parecer les ha
satisfecho mucho porque han parado. He aprovechado para insistir, de un modo
tranquilo pero firme, en la necesidad de encontrar una solución a mi situación
en el Uruguay. El presidente se ha rascado la cabeza. He comenzado a sentirme
un poco harto. «¿Avión?» he preguntado. «No avión» me ha contestado. No hay
más avión que el que le bombardeó y no tiene motor. «¿Barco?» le he dicho. «No
barco» me ha contestado. He pensado que hay barcos porque he utilizado uno.
«¿Por qué no barco?» le he dicho con firmeza. «No mar» me ha contestado. Me ha
cogido del brazo y me ha acompañado a una ventana de la que ha descorrido los
cortinajes. Casi he caído al suelo de la sorpresa. En efecto, no hay mar. El
cielo comienza justo al borde de la playa. Por un momento he creído volverme
loco a marchas forzadas. He hecho un esfuerzo sobrehumano para respirar con
calma y finalmente he dejado de temblar. La niña me ha servido un coñac que me
he tomado de un trago. «¿Miraccolo?», me ha dicho el presidente y he
comprendido que esperaba de mí que hiciera volver el mar. Aunque no confiaba
en lograrlo, he mirado nuevamente por la ventana fija e intensamente hacia el
lugar del mar. Al cabo de diez minutos ha aparecido una pequeña ola que pronto
ha sido absorbida por la arena, y eso ha sido todo. Me he puesto a llorar como
un niño y el presidente me ha dado unas palmadas en el hombro. La señora negra
y la niña han llorado conmigo, lo que me ha conmovido mucho ya que, después de
todo, podrían reírse de mis desgracias como yo me río de las suyas. La niña se
ha arrodillado a los pies del presidente y le ha pedido que me canonizara,
presa de una auténtica crisis de historia. Al principio hemos encontrado la
idea perfectamente ridícula y hemos tratado de calmar a la niña ofreciéndole bombones, pero más tarde
hemos pensado que bien mirada la idea no tiene nada de despreciable y hemos
comenzado a calibrar sus pros y sus contras. Hemos decidido de común acuerdo
que mi canonización ha de quedar en secreto (es una idea del presidente) puesto
que si los uruguayos vinieran a comprobar mi santidad, automáticamente se
creerían dioses (dada la idea que ellos se hacen de mí es casi seguro que cada
uno de ellos se creería el dios de mi religión) y esto despertaría entre ellos
una rivalidad muy peligrosa puesto que, siendo bastante agresivos de
naturaleza, comenzarían a matarse entre ellos sin más, lo que sería poco
caritativo por parte de un santo incluso falsificado, como es mi caso. Así pues
mi canonización deber quedar anónima, es decir que hay que dar con la manera
no sólo de esconderla a los uruguayos sino de hacerles creer que yo soy un uruguayo
como ellos. Es también importante por una razón puramente práctica: conviene
que dejen de perseguirme por todos los sitios a los que voy, empujándome y
profiriendo insensateces, de ello depende mi salud tanto física como moral.
Evidentemente es el punto más difícil de resolver porque todos me reconocen en
cuanto me ven, por esto hemos pensado que podría quizás intentar el milagro de
cambiar de aspecto físico, pero aunque he conseguido que se me hincharan un
poco los mofletes y se me alargaran un poco los brazos y la nariz, esto no me
cambia lo suficiente como para no ser reconocido. El presidente ha tenido la
idea de cortarme los párpados y los labios y convertirlos, es el colmo, en mis
reliquias, y aunque al principio la idea no me ha tentado por razones
estéticas, he terminado por convencerme de que ésta es la mejor solución y he
conseguido al mismo tiempo el milagro de anestesiarme durante la operación.
Cuando me he mirado en un espejo he estallado de risa, de tan desconocido que
estaba. Ahora sólo nos queda por escoger una falsa palabra (la palabra que
pertenezca a cada uno de ellos y que constituya el punto de unión que ellos
tengan hacia mí) pero la elección es difícil porque quiero encontrar la más
confortable de pronunciar (es ya bastante aburrido no tener más que una sola y
si además hay que repetirla a lo largo del día va a ser una pesadez). Lo más
difícil evidentemente habría sido escoger la palabra palabra que es la palabra
más simple, pero para esto hace falta tener labios. Me he decidido por la
palabra rata que es bastante corta y no exige más que un pequeño temblor de la
garganta en el momento en el que los pulmones se deshinchan. El resto ha sido
un juego de niños. El presidente me ha hecho salir por una pequeña puerta
secreta (me han abrazado los tres deseándome buena suerte) y me he mezclado
por entre la multitud que se
pasea frente a la Casa Presidencial en espera de mi salida pronunciando cada
uno su palabra; yo he repetido «rata, rata» y naturalmente me han tomado por
uno de los suyos. Al principio han estado muy inquietos al no verme salir de la
Casa Presidencial (para ellos estoy ahí dentro desde hace tres semanas) pero
estos últimos días han comenzado a calmarse. Poco a poco han reanudado su
antigua costumbre de escogerse lugares. Para hacer como ellos me he elegido uno
bastante confortable (son tan burros que escogen cualquier cosa, hasta un
tenedor les es bueno para sentarse encima de él todo el día). Yo tengo siempre
el mismo lugar: un gran agujero que he cavado en la arena y en el que he
colocado algunos efectos personales e incluso un tocadiscos de pilas. No puedo
decir que me sienta desgraciado, ya que la vida es tranquila y la alimentación
buena. Deliciosas legumbres han comenzado a crecer por todas partes y no tengo
más que estirar mi mano fuera del agujero para atrapar un conejo y prepararme
un plato suculento. El presidente viene a menudo a verme y no deja nunca de
traerme un azúcar o un habano y a veces incluso las dos cosas. A veces le
acompaña la niña y los tres juntos tomamos baños de sol en la playa (es en
estos momentos cuando más se nota a faltar el mar) bebiendo cervezas y haciendo
castillos de arena. Para divertir a la niña, a la que adoro, le hago de vez en
cuando milagros aunque en los últimos tiempos he perdido muchos de mis poderes.
Pero aún tengo algunos trucos de reserva. Puedo aún hacer que se muevan algunos
granos de arena o que crezcan los tomates. Los viernes por la noche ceno en el
Plaza, pero el servicio es muy malo desde lo de la resurrección, porque te
sirven la primera cosa que les pasa por la cabeza. Y a
veces esa cosa no es del todo comestible. No pienso volver más. Anteayer casi
me echan a la calle porque me negué rotundamente a comer una repugnante mezcla
de patatas hervidas y fritas colocadas en torno a uno de los calcetines del
camarero (le vi poner el calcetín en el plato con mis propios ojos) y eso que
soy un cliente de los más antiguos. Se lo he comentado al presidente y me ha
prometido que los haría ejecutar. Anteayer el monte de Montevideo se ha alejado
dulcemente en el mar hasta convertirse en un punto en el horizonte.
Inmediatamente todas las casas de la ciudad se han amontonado unas sobre otras
alrededor de la Casa Presidencial y la Casa Presidencial misma no ha parado de
dar saltos que a veces llegan a ser de treinta metros. Es bastante molesto
porque esto hace que tiemble el sol. Hemos visto cosas peores, bromea el
presidente. Te dejo la palabra. Hasta mañana, Maestro. Buenos días, Maestro.
Hemos recibido la visita del papa de la Argentina, es pequeño y flaquito, va vestido de oro y vuela
(ha llegado volando, para hacer cualquier cosa imita el ruido de un avión y
esto le levanta mecánicamente del suelo, a continuación señala con el dedo
índice la dirección que prefiere). Parece ser que en la Argentina nuestras
aventuras han sido seguidas por televisión y él ha venido a ponerme la medalla
del cómico argentino (un bajorrelieve que representa la cabeza de una vaca
extremadamente seria mirando fijamente el horizonte, dice que es el emblema de
la Argentina). He fingido estar emocionado, pero sin exagerar la nota, porque
creo que me ha propuesto un contrato como actor en la televisión argentina. Le
he hecho ver muy cortésmente que mi éxito en la televisión era del todo accidental,
pero me ha contestado bastante en serio que era un hecho. El presidente, que es
un gran naif, no ha parado de hacerle reverencias y de tomar notas de todo lo
que el otro ha dicho. Ha pretendido que él podía detener los brincos de la
Casa Presidencial (da saltos histéricos cada tres minutos) si yo le prestaba
mis reliquias. Las ha pegado a sus párpados (mis ex-párpados) y a sus labios
(mis ex-labios) lo que le ha dado un aire totalmente ridículo. A continuación
se ha puesto a volar alrededor de la Casa Presidencial como un moscardón gritando
«caraco, caraco» que es, al parecer, la palabra clave de la brujería argentina.
Al cabo de una hora, completamente agotado, se ha desplomado a nuestros pies y
le hemos dado un vaso de agua. Ha pretendido que la Casa Presidencial saltaba
con más suavidad que antes, lo que es falso. Le he pedido que me devolviera mis
reliquias y las he vuelto a guardar en el cofre que utilizo para esto. Le hemos
preguntado si quería pasar la noche en el Uruguay y ha aceptado al ver que
tenía por delante varias horas de vuelo y que se estaba haciendo de noche.
Esto me ha contrariado un poco (aunque no lo he dado a entender) ya que vivimos
un poco apretados (el presidente cuando la Casa Presidencial empezó a dar
brincos tuvo miedo de dormir allí y usted ya sabe que mi agujero no es grande y
que no tengo más que una cama). Le hemos dado a comer algunas legumbres y nos
hemos apretado para dormir los tres en la cama, lo que no es fácil puesto que
el presidente no para de engordar desde que la niña lo ha dejado (ella se ha
ido al norte con la señora negra y parece ser que han
instalado allí un burdel). Ya con las luces apagadas me he dado cuenta de que
había cierto movimiento bajo las sábanas: el presidente se hacía sodomizar por
el papa de la Argentina. Al instante he encendido la luz y han fingido que
dormían. Yo estaba extremadamente sorprendido, no por el hecho en sí que no
tiene nada de reprobable sino por el extremo servilismo del presidente que
haría lo que fuera con tal de que se le devolvieran las
vacas uruguayas que se fueron a nado a la Argentina cuando aún había mar. No
he apagado las luces y he fingido que leía, pero me he dado cuenta de que el
presidente, aún roncando y todo, el muy hipócrita estaba masturbando al otro.
Me he levantado tranquilamente y he pedido al papa que fuera a dormir a la
bañera, pero se ha negado muy secamente con el pretexto de que él es el papa de
un país más grande que el nuestro y ha dicho que era a mí o al presidente a
quien le correspondía ir a dormir a la bañera. Le he recordado que está bien
ser papa, pero que yo soy santo, y como no ha encontrado respuesta a esto ha
hecho ver que dormía de nuevo. A todo esto, el presidente, muerto de vergüenza,
roncaba de tal modo que rompía los tímpanos. He vuelto a acostarme y he apagado
las luces pensando que tras este incidente no se atreverían a recomenzar.
Cuando apenas me había calmado un poco he notado la mano del papa entre mis nalgas
tratando de separarlas con los dedos, pensando que dormía tan profundamente que
no me daría cuenta. He dado un salto y he encendido la luz. El papa me ha
mirado riendo y haciendo gestos obscenos con su dedo índice. Le he preguntado
calmadamente si no le daba vergüenza. Me ha dicho que un papa no tiene
vergüenza de nada, lo que no les ocurre a los santos. Esto me ha exasperado. Me
he echado sobre él y le he retorcido la nariz hasta hacerle sangrar. Le ha
sorprendido tanto que no se ha atrevido a contestarme. A la mañana siguiente,
los tres hemos tomado en silencio el café con leche, y aunque el presidente
no se atrevía a levantar la vista de la taza, el papa parecía muy despreocupado
e incluso ha hecho algunos vuelos alrededor de la mesa antes del desayuno. Tras
el café con leche, el papa nos ha pedido que le enseñáramos algunos uruguayos
antes de marcharse. Montado a caballo hemos dado una rápida vuelta por el
Uruguay, lo que no es nada difícil ya que el país no para de encogerse. El papa
ha estado bastante descortés y no ha parado de decir que los argentinos son
más altos, más limpios, más ricos que nosotros, y aunque esto fuera verdad (no
lo sé porque nunca los he visto) no creo que sea ésta una cosa que le
corresponda decir a un papa. Nos ha propuesto una partida de dados entre
argentinos y uruguayos, y aunque al presidente parecía seducirle la idea yo me
he negado. Hemos almorzado en el Plaza y el papa no parecía tener prisa por
irse. Le he recordado que si quería llegar a Buenos Aires antes de que
oscureciera aún estaba a tiempo de ponerse en marcha. Ha dicho que le da igual
porque los argentinos van a esperarle el tiempo que él quiera. Se ha limpiado
los dientes haciendo ruidos y el
presidente le ha imitado. Después ha propuesto al presidente una visita a la
Argentina y el presidente ha enrojecido de confusión. Me ha mirado con cara de
perro implorando su comida y le he dicho que si quiere partir es asunto suyo.
«Sabía que era usted bueno», me ha dicho el papa, «y le doy mi bendición.» Le
he dicho muy cortésmente que no tenía nada que hacer con ella. «Se la doy de
todos modos» me ha dicho, y ha escrito la palabra «bendición» en un trozo de
mantel y me lo ha dado. He hecho de él una bola y la he tirado en medio de la
mesa. El papa se ha puesto a contar al presidente las maravillas de la
Argentina donde, al parecer, la gente ha adoptado una nueva religión que
consiste en reírse los unos de los otros (él es el único en no reír y nadie
puede reírse de él, por esto es el papa) y parece que se concentran todos en un
mismo lugar del país, porque cuanto más numerosos son más se ríen. He
encontrado todo esto tan estúpido que ni tan siquiera me he molestado en
decírselo. El presidente me ha preguntado si podía irse con algunas de mis
reliquias para mostrárselas a los argentinos y le he dado un trozo de párpado.
Han decidido marcharse de noche a pesar de que sopla mucho viento, pero el
papa asegura que puede volar de noche y con cualquier tiempo. Hemos atado el
presidente al papa con una cuerda. Parecían dos salchichones atados juntos y me
he dicho que si su religión es reír, estarán bien contentos cuando les vean
llegar. Nos hemos hecho reverencias y han empezado a subir por los aires. Han
tardado tres horas al menos en desaparecer por el cielo porque el pobre papa
volaba como un gorrión al que hubieran atado un ladrillo. Les he dicho adiós
con la mano y me he ido a dormir, porque la noche anterior casi no pegué ojo.
Mañana he de ocuparme de todo el país yo solo. Pese a que en la actualidad
están casi todo el tiempo inmóviles y mudos, el hecho de no verme durante dos o
tres días les provoca crisis de angustia que prefiero evitar. Así, todos los
días doy una vuelta por el Uruguay y dejo que cada uno de ellos me vea, y para
cada uno tengo una palabra amable. Lo que más les gusta es que les explique a
qué se parecen en relación a la última vez que les vi, por ejemplo, a uno que
perdió sus cabellos le digo: «usted ha perdido sus cabellos» y él se
tranquiliza e incluso ríe, o bien a una mujer que ha perdido su marido le digo:
«usted ha perdido su marido», entonces ella llora un poco y luego se calma. A
los que sufren porque su lugar es poco confortable (aquellos que han escogido
como lugar un cactus o bien una caja demasiado pequeña para ellos) les digo:
«su lugar no es confortable» y esto les calma. A fuerza de repetirles cada día
la misma frase han terminado por aprenderla de memoria y el calvo, por ejemplo, cuando me ve me dice: «usted ha perdido
sus cabellos» y la viuda «usted ha perdido su marido». Han aprendido a tener
entre ellos breves conversaciones. Ahora el calvo le dice a la viuda: «usted
ha perdido sus cabellos» y la viuda le contesta «usted ha perdido a su marido»
y esto les hace reír. He intentado el experimento de colocarlos en círculo y, a
pesar de que esto al principio les horrorizaba, en la actualidad han comenzado
a acostumbrarse y no paran de decirse tonterías. Les he colocado a todos en un
gran círculo, pero no les ha gustado mucho pues no llegan a ver los límites del
círculo que ocupa prácticamente todo el sitio del Uruguay y se han quedado
mudos. A cada uno le he enseñado a decir su frase a su vecino de la izquierda y
a escuchar la frase de su vecino de la derecha y a repetirla a su vecino de la
izquierda, y así indefinidamente. Al
principio no les ha gustado mucho, pero al cabo de un rato, cuando han
descubierto que regularmente todos los días su frase les volvía, han estado
realmente encantados. La viuda, por ejemplo, desde que sabe que todos los días
a las diecisiete quince su vecino de la derecha va a decirle «usted ha perdido
su marido» se empieza a divertir desde la mañana y yo, por mi parte, la hago
servir de reloj, lo que me es bien útil ya que el mío se rompió hace no sé
cuántos años. Habría sido una solución perfecta para ellos y para mí si
últimamente el tiempo no se hubiera reducido en sus cabezas de una manera
vertiginosa. Se hablan cada vez más deprisa y cada frase tarda apenas quince
minutos en dar la vuelta completa. Me he dicho que si llega el momento en el
que la misma frase da la vuelta al círculo en un instante nos arriesgamos a uno
de esos raros cataclismos típicamente uruguayos a los que estamos, desde
luego, habituados, pero que no siempre son deseables. He probado a colocarlos
de una manera diferente (se niegan una vez visto el gusto que le han tomado al
juego) y también a introducir nuevas frases en el círculo, pero parece que nada
de todo esto les entra. Allá ellos, ya verán lo que les pasará. Segundo golpe
de teatro: el presidente ha vuelto. Se le ha catapultado al Uruguay, el papa no
se ha molestado en acompañarle. De entrada ha tratado de hacerme creer que lo
suyo había sido una tourné triunfal por las provincias argentinas, pero ha
bastado con una sola mirada severa que le he lanzado para que se hundiera en
llanto contándome la triste verdad: el papa, cuyo verdadero nombre es Mister
Poppy, en realidad es un peligroso traficante de blancas. Había venido al
Uruguay para reclutar a la niña y a la señora negra en las que se había fijado
a través de las emisiones de televisión. Para lograrlo montó toda esa historia
en la que se hacía pasar por papa, el
muy cerdo, y al no encontrar a la niña y a la señora negra sedujo al presidente
para hacerle trabajar en los burdeles argentinos. Parece que el pobre las ha
pasado de todos los colores. Se le vestía de bailarina española y había cola
para sodomizarle. A costa de sacrificios consiguió finalmente tener bastante
dinero como para poder comprar una catapulta en espera, según él, de obtener mi
perdón. Le he perdonado de todo corazón y se ha puesto a llorar. Me ha confesado
que un día en que se moría de hambre en la nieve vendió mi reliquia para poder
comprarse un sándwich. Le he perdonado. Me ha traído un regalo, una corbata que
uno de sus clientes olvidó en su habitación de Tucumán., Me ha pedido que me la
ponga en la primera cena que hagamos juntos después de su desventura. Me he
puesto la corbata y le he dicho que tomara un baño mientras yo pelaba las
patatas: ha dicho que no había necesidad, pero le he ordenado que lo hiciera
porque está muy claro que no ha tomado ningún baño desde que se fue. Mientras
pelaba las patatas he oído el ruido de la ducha sobre el parterre y no sobre
él, de modo que he entrado en el lavabo y le he encontrado sentado en el bidet
riendo. Lo he metido en la ducha a patadas y he esperado a que se enjabonara
totalmente. Hemos cenado a solas en la playa a la luz de una lámpara que había
recuperado de la Casa Presidencial antes de que quedara inservible. El
presidente, animado por el vino, se ha ido de la lengua y me ha contado que al
principio estaba enamorado del papa, quien se negaba a casarse con él, pero que
pronto encontró un agregado de ministerio que le pagaba todos los caprichos.
Llegó, según él, a hacerse ofrecer una estola de armiño y una tiara de estrass
y una tarde fue invitado a una recepción en la que tomó cocaína de la que
guarda un recuerdo inolvidable. Me ha preguntado si no tenía cubiertos para
comer las patatas y le he respondido lacónicamente que no. Ha cogido las patatas
con los dedos y las ha mojado en el vino y después las ha chupado gritando
«ho-la-lá, ho-la-lá» como si fuera la mejor de las delicias. Me ha dicho que en
la Argentina es fácil hacer dinero, pero que no le interesa porque son
demasiado groseros. Su mejor compañera, una árabe, fue maltratada porque se
negó a chupársela a un negro y fue ella la que fue condenada porque los negros
dijeron que les había mordido en los testículos y fue azotada en una plaza pública.
Me ha confesado que en el fondo es a mí a quien siempre amó, pero que mi
carácter cerrado le llevó a huir de mí. Me ha dicho que a menudo, en sueños, yo
le llamaba y que ésta era una prueba de que le amaba. Me ha cogido la mano
apretándola muy fuerte con lágrimas en los ojos y he de confesarle que esto me ha emocionado. Es un buen
tipo y no tengo derecho a juzgarlo por un extravío pasajero del que él mismo ha
sido la primera víctima. A la hora del café hemos recibido la inesperada
visita de la niña y de la señora negra que habían oído que el presidente estaba
de vuelta y que querían enterarse de cómo eran las últimas modas argentinas
(actualmente ellas tienen un almacén de modas) y el presidente les ha hecho
algunos croquis. Ellas esperan ampliar su negocio y conquistar todo el mercado
uruguayo y para esto cuentan conmigo para que les preste una máquina de coser,
pero desgraciadamente no tengo ninguna. Se han ido tristes aunque optimistas.
En cuanto se han marchado, el presidente me ha hecho una escena inaguantable
diciendo que yo había dormido con ellas durante su ausencia, lo que es absolutamente
falso ya que no las había visto al menos desde hacía cinco años. Tras haberme
roto un plato en la frente se ha arrojado a mis pies pidiendo perdón. He
intentado convencerle de que se fuera a la cama y me ha acusado de querer
envenenarle mientras dormía. Le he asegurado que no y ha vuelto a pedirme
perdón. Le he acariciado un poco la cabeza y parece que esto le ha apaciguado
porque se ha dormido con la cabeza entre mis rodillas. Se hace de día. Es muy
bello, pues desde que el cielo está al borde de la playa se puede tocar el sol
con la punta de los dedos en el momento en que pasa ante ti. Una lágrima corre
por mi mejilla. El presidente ha tenido una pesadilla entre dos ronquidos y ha
gritado: “¡Mister Puppy, no me pegue más!». Le he zarandeado
y se ha frotado los ojos, me ha abrazado y después se ha dormido de nuevo. Yo
también porque mañana tengo un día muy atareado. Hasta mañana, Maestro.
domingo, 13 de septiembre de 2015
viernes, 21 de agosto de 2015
EL ENFERMO IMAGINARIO - Molière
EL ENFERMO IMAGINARIO
de
Moliere
Personajes:
ARGAN,
enfermo imaginario
BELINA,
segunda esposa de Argán
ANGELICA,
hija de Argán, enamorada de
Cleanto,
DR. PURGON,
médico de Argán.
LUISITA,
hermana pequeña de Angélica
BUENAFE,
notario
BERALDA,
hermana de Argán
TOÑITA,
sirvienta
CLEANTO,
enamorado de Angélica
DIARREICUS,
médico
TOMAS
DIARREICUS, su hijo, pretendiente de Angélica.
La acción
transcurre en Paris.
Luces de candilejas. 3 golpes. Se coloca el elenco y
baila como reloj entre saludos y cadenas. Entre ellos, y a público, cada uno se
va, y Argan ocupa su lugar. 3 golpes y empieza.
ACTO PRIMERO
ARGAN: (Solo
en la escena y sentado ante una mesa repasa - ayudandose con fichas -
diferentes notas de gastos de su boticario, mientras habla consigo mismo) - Tres
y dos, cinco, y cinco, diez, y diez, veinte soles. “Item, el dia veinticuatro,
un preparativo para ablandar, humedecer y refrescar las entrañas del señor”. Lo
que mas me gusta del señor Fleurant, mi boticario, es que sus facturas son
siempre muy corteses: pero no basta con ser cortes; hay que ser tambien
razonable y no desplumar a los enfermos. ¡Mira lo que cobra! Otras facturas me
habia cobrado las lavativas solo la mitad. “Item, el dia veinticinco, una
excelente medicina purgativa y fortificante, compuesta de pulpa fresca de caña
y otros ingredientes, conforme a la receta del doctor Purgon, para expulsar y
evacuar la bilis del señor: cuatro soles”. ¡Ah!, señor Fleurant, que burla;
esto es querer vivir a costa de los enfermos. El doctor Purgon no le ha
recetado tambien que me cobre cuatro soles. Que sean, pues, tres, y ya esta
bien. “Item, el mismo dia, una pocion, inofensiva y astringente, para hacer
descansar al señor”. “Item, el dia veintisiete, un eficaz medicamento compuesto
expresamente para estimular la expulsion de los malos humores del señor: tres
soles”. Me complace que sea razonable. “Item, el dia veintiocho, un suero
lacteo, clarificado y edulcorado, para suavizar y refrescar la sangre del
señor, todo segun prescripcion: cinco soles”. ¡Ah, señor Fleurant, un poquito
mas de moderacion, si gusta! Cobrando asi nadie va a querer ponerse enfermo. Veamos:
veinte y cuarenta; tres y dos, cinco, y cinco, diez, y diez, veinte. En total:
sesenta y tres soles. Asi, pues, este mes he tomado ocho medicamentos, amen de
una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce
lavativas. El mes pasado fueron doce medicamentos y veinte lavativas. No me
extraña que no me encuentre tan bien en este mes como en el anterior. Se lo
dire al doctor Purgon, para que ponga remedio. Vamos, que se lleven todo esto.
(Viendo que nadie acude y que ninguno de sus criados parece oirle) No
hay nadie cerca de mi. En vano me canso de decirles que no me dejen nunca solo;
no hay forma de hacer que permanezcan siempre al alcance de mi voz. (Tras
tocar una campanilla colocada sobre la mesa) Lo dicho, no me oyen, y esta maldita
campanilla no suena lo suficiente. ¡Tilin, tilin, tilin! Nada.¡Tilin, tilin,
tilin! Como si se hubieran vuelto sordos. Toñitaaaaa...Me va a dar un ataque de
rabia. (Dejando de agitar la campanilla y gritando con todas sus fuerzas) ¿Como
es posible que dejen completamente abandonado a un pobre enfermo? ¡Oh, Dios
mio, van a dejarme morir aqui, solo! ¡Tilin, tilin, tilin!
TOÑITA: (Al
entrar) ¿Que hay?
ARGAN: ¿No
oias?
TOÑITA: (Fingiendo
haberse dado un golpe en la cabeza) ¡Que impaciente es usted! Siempre con
tanta prisa que me he dado un cabezazo contra el saliente de un postigo.
ARGAN: (Furioso)
¡Hace una ...
TOÑITA: (Interrumpiendole)
¡Ay!
ARGAN:
...hora que...
TOÑITA: ¡Ay!
ARGAN: ...te
estoy...
TOÑITA: ¡Ay!
ARGAN:
¡Calla, bribona, y deja que te riña!
TOÑITA:
¿Como? ¡Lo que faltaba despues de lo que me ha pasado!
ARGAN: ¡Me
has hecho desgañitar!
TOÑITA: Y
usted me ha hecho romper la cabeza. Lo uno por lo otro. Estamos en paz.
ARGAN: ¿Que
dices?
TOÑITA: Que
si me regaña, llorare.
ARGAN:
¡Dejarme abandonado de este modo!
TOÑITA: (Interrumpiendolo
de nuevo) ¡Ay, ay!
ARGAN:
¿Como? ¿Tendré que privarme del placer de reñirte?
TOÑITA:
Riñame hasta que se harte.
ARGAN:
¿Como, si no me dejas hacerlo, interrumpiendome a cada palabra?
TOÑITA: Pero
si quiere darse el gusto de reñirme, debo tener yo el derecho de llorar. A cada
uno lo suyo, y creo que no es pedir demasiado. ¡Ay!
ARGAN:
Quitame enseguida todo lo que me estorba. (Una vez ya incorporado) ¿Ha
obrado bien mi lavativa de hoy?
TOÑITA:
¿Vuestra lavativa?
ARGAN: Si.
¿He echado mucha bilis?
TOÑITA: La
verdad, yo no me meto en esos asuntos. Eso es cosa del señor boticario.
ARGAN: Que
me preparen en seguida un caldo, para que se me administre otra lavativa, sin
mas tardanzas.
TOÑITA: Ese
doctor Purgon y ese boticario se divierten con su cuerpo y lo toman como una
vaca lechera. Me gustaría poder preguntarle que enfermedad padece usted para
que no cesen de atiborrarlo de potingues.
ARGAN:¡Callate,
ignorante! ¿Como te atreves a criticar las prescripciones de la Medicina? Ve a
llamar a mi hija; tengo que hablar con ella.
TOÑITA: Ahí
llega, como si hubiera adivinado su pensamiento.
ARGAN:
Llegas oportunamente; deseaba hablarte.
ANGELICA:
Muy bien, os escucho.
ARGAN:
Espera. (A TOÑITA) Dame mi bastón. Volveré en seguida.
TOÑITA: De
prisa, señor, de prisa. ¡Vaya trabajito que le da, con sus brebajes, el señor
boticario!
ANGELICA:
¡Toñita!
TOÑITA:
¿Que?
ANGELICA:
Mirame un poco.
TOÑITA: Te
miro.
ANGELICA:
¡Toñita!
TOÑITA: ¿Que
ocurre?
ANGELICA:
¿No adivinas de que quiero hablarte?
TOÑITA: Me
lo figuro. De tu joven pretendiente. Porque, desde hace seis días, todas tus
conversaciones no tienen otro tema. Y no te sientes bien si no hablas de el a
toda hora.
ANGELICA: Y
si lo sabes, ¿por que no eres la primera en sacarlos a colación? ¿Por que no me
evitas la violencia de tener que ser siempre yo la que lo haga?
TOÑITA:
Porque nunca me dejas. Tienes tal necesidad de hablar de el que es imposible
tomarte la delantera.
ANGELICA: No
me cansaría nunca de hablar de el. Por eso mi corazón aprovecha, todos los
momentos que puedo franquearme contigo. ¿Te parecen censurables estos
sentimientos míos?
TOÑITA: Eso
es asunto tuyo.
ANGELICA:
¿Obro mal al entregarme a estos dulces pensamientos?
TOÑITA: Yo
no he dicho eso.
ANGELICA.
¿Preferiríais que me mostrase insensible a los tiernos juramentos de la
ardiente pasión que me testimonia?
TOÑITA:
¡Dios me valga!
ANGELICA:
Dime entonces: ¿no crees, que ha habido, alguna misteriosa intervención del
destino en la manera, tan imprevista, de habernos conocido?
TOÑITA: En
efecto.
ANGELICA:
¿No es su aspecto encantadoramente varonil?
TOÑITA: Por
supuesto.
ANGELICA:
¿Cabe expresarse con mayor pasión que como el lo hace?
TOÑITA:
Imposible.
ANGELICA:
¿Crees de verdad que el me ama tanto como dice?
TOÑITA: ¡Ah,
eso es harina de otro costal! Los juramentos y las demostraciones de amor hay
que ponerlos en cuarentena. En esa materia hay siempre comediantes que saben
fingir maravillosamente.
ANGELICA:
¿Como puedes pensar eso?
TOÑITA: En
todo caso, pronto sabrás con certeza a que atenerte. ¿No te escribió ayer mismo
que había decidido pedirte, sin mas demora, en matrimonio? Pues esa es la mejor
prueba de que todo lo que te ha jurado es verdad.
ANGELICA:
¡Ay, Toñita! Si el me estuviera engañando, no volvería a creer jamas en ningún
hombre.
TOÑITA:
¡Chist, tu padre!
ARGAN: (Sentandose
en su sillón) Bien, hija mía, voy a darte una noticia que seguramente no
esperas. Me han pedido tu mano. ¿Que ese eso? ¿Te ries? Es divertida, si, la
palabra matrimonio, y siempre sorprende un poco a los jóvenes. Por lo que veo,
no tengo siquiera que preguntarte si deseas casarte.
ANGELICA: Yo
debo hacer todo cuanto quiera ordenarme.
ARGAN: Me
complace sobre manera tener una hija tan obediente, porque te he prometido ya.
ANGELICA. Mi deber es acatar a ojos cerrados
todos sus deseos.
ARGAN: Mi
mujer, tu madrastra, deseaba que te hiciese entrar en un convento, lo mismo que
a tu hermanita.
TOÑITA: (Aparte)
¡No le falta motivos para desearlo!
ARGAN: Ella
no quería dar su consentimiento a este matrimonio; pero yo me he salido con la
mía y he concedido ya tu mano.
ANGELICA:
¡Ah, padre mio, no se como agradecerle sus desvelos por mi!
TOÑITA: (A
Argan) Es la decisión mas sensata que ha tomado en toda su vida.
ARGAN: No he
visto aun al pretendiente, pero se me ha asegurado que sera de mi agrado y
tambien del tuyo, hija.
ANGELICA:
Lo se muy bien, padre.
ARGAN:
¿Como? ¿Lo has visto acaso alguna vez?
ANGELICA: No
le ocultare que el azar ha querido que nos conociésemos hace precisamente seis
días y que la petición que se le ha hecho obedece a la inclinación que sentimos
recíprocamente desde el mismo momento en que nos vimos.
ARGAN: Me
congratula saberlo. Me han dicho que se trata de un apuesto mozo.
ANGELICA:
Asi es, padre mio.
ARGAN: De
inmejorable porte.
ANGELICA:
Sin la menor duda.
ARGAN: Muy
juicioso y de buena familia.
ANGELICA:
Asi lo creo.
ARGAN:
Elegante y cultivado.
ANGELICA:
Eso se ve a primera vista.
ARGAN: Que
habla excelentemente laten y griego.
ANGELICA:
Eso si que no lo sabia.
ARGAN: Y que
esta a punto de recibir su doctorado en medicina.
ANGELICA:
¿El, padre mio?
ARGAN: Si,
¿es que acaso no te lo ha dicho?
ANGELICA:
No, ¿quien se lo ha dicho a Ud?
ARGAN: El
doctor Purgon
ANGELICA: ¿Lo
conoce?
ARGAN: Es su
sobrino.
ANGELICA:
¿Cleanto es sobrino del doctor Purgon?
ARGAN:
¿Cleanto? ¿Que Cleanto? Te estoy hablando del joven para quien me han pedido tu
mano? Se llama Tomas y no Cleanto, y mañana vendrá aqui con su padre. Pero,
¿que te pasa que pareces como pasmada?
ANGELICA: Lo
estoy, padre mio, porque veo que hablaba de una persona, mientras yo creía que
se referia a otra.
TOÑITA: ¿Con
todas sus riquezas, piensa en casar a su hija con un simple medicastro?
ARGAN:
¡Callate! ¿Quien te ha dado vela en este entierro?
TOÑITA:
¡Santo Cielo! No se acalore de ese modo. ¿Es que no podemos hablar
razonablemente? ¿Que razones tiene para desear ese matrimonio?
ARGAN: La
razón principal es que, viendo lo achacoso y enfermo que me encuentro, quiero
tener un yerno que sea medico, que pueda cuidar de mi salud, y no andar yo
siempre pagando visitas y recetas.
TOÑITA: Pero
digame, señor, ¿cree de verdad estar enfermo?
ARGAN: ¿Como
te atreves a preguntarme si estoy enfermo? ¡Si saber yo lo enfermo que estoy!
TOÑITA: De
acuerdo, señor, estáis enfermo. Pero su hija, para casarse, necesita un marido,
y como ella no esta enferma, maldita la falta que le hace desposarse con un
medico.
ARGAN: Si le
doy por marido a un medico es porque yo lo necesito. Y mi hija debería sentirse
dichosa de casarse con quien pueda resultar beneficioso para la salud de su
padre.
TOÑITA: ¿Me
permite un consejo?
ARGAN: ¿Y
cual es ese consejo que tienes el atrevimiento de querer darme?
TOÑITA: No
piense mas en ese casamiento.
ARGAN: ¿Y
por que razón?
TOÑITA:
Porque su hija no accederá a su proyecto.
ARGAN: ¿Que
no accederá?
TOÑITA: No.
ARGAN: ¿Mi
propia hija?
TOÑITA: Si,
su propia hija.
ARGAN: Este
casamiento es mas ventajoso de lo que pueda parecer. El doctor Diarreicus, su
padre, tiene por único heredero a ese hijo. Y, por su parte, el doctor Purgon,
que no tiene mujer ni hijos, dejara toda su fortuna a su sobrino y a mi hija,
si el casamiento se lleva a efecto. Y el doctor Purgon es un hombre que posee
sus buenos ocho mil francos de renta anuales.
TOÑITA:
Mucha gente tiene que haber matado, para enriquecerse tanto.
ARGAN: Ocho
mi francos de renta no son nada despreciables, sin contar con la fortuna del
padre.
TOÑITA: Todo
eso esta muy bien, señor, pero vuelvo a decirle que siga mi consejo y deje a su
hija escoger marido.
ARGAN: He
dado mi palabra y estoy resuelto a que mi hija me obedezca.
TOÑITA: Y yo
le repito que estoy segura de que no lo hará.
ARGAN: La
obligare, si fuera preciso.
TOÑITA:
Perderá el tiempo.
ARGAN: Me
obedecerá o la meteré a un convento.
TOÑITA:
¿Usted?
ARGAN: Si,
yo.
TOÑITA:
Bueno.
ARGAN: ¿Que
quiere decir ese “bueno”?
TOÑITA:
Quiere decir que no la meterá en ningún convento.
ARGAN: ¿Que
no la meteré en ningún convento?
TOÑITA: No.
ARGAN: ¿No?
TOÑITA: No.
ARGAN:
¡Vamos! Tiene gracia la cosa. ¿Asi que no podre meter a mi hija en un convento,
si ese es mi deseo?
TOÑITA: Ya
le he dicho y redicho que no.
ARGAN: ¿Y
quien me lo impedirá?
TOÑITA:
Usted mismo.
ARGAN: ¿Yo?
TOÑITA: Si.
No tendrá corazón para hacerlo.
ARGAN: Lo
tendré.
TOÑITA:
Bromea.
ARGAN: No
bromeo.
TOÑITA: La
ternura paternal podrá mas que su enfado.
ARGAN: No me
dejare ablandar por nada.
TOÑITA: Unas
cuantas lagrimitas, unos brazos que le rodearan el cuello y un “papaito
querido”, dicho cariñosamente, seran mas que suficientes para conmoverlo.
ARGAN: Todo
eso sera inutil.
TOÑITA: ¡Si,
si! Ya lo veremos.
ARGAN: Te
repito que nada podra hacer cambiar mi decision.
TOÑITA:
Usted es bueno por naturaleza.
ARGAN: Se
ser malo cuando quiero.
TOÑITA:
Bien, señor, calma; no se olvide que esta enfermo.
ARGAN:
Enterate bien; ordeno terminantemente a mi hija que se disponga a tomar por
marido el que yo le he elegido.
TOÑITA: Y yo
le prohibo terminantemente que haga tal desatino.
ARGAN: ¿Como
te atreves, bribona, tu, que no eres mas que la criada, a hablar asi a tu amo?
TOÑITA:
Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta sensata tiene derecho a
decirselo.
ARGAN: ¡Yo
te enseñare a cerrar tu pico!
ANGELICA:
Por favor, padre mio, piense que puede agravar su enfermedad.
ARGAN: (Desplomandose,
exhausto) ¡Ah, Dios mio! ¡No puedo mas! Van a acabar conmigo. (Angelica y Toñita salen y Argan queda
solo un instante).(Luego entre Belina).
BELINA: ¿Que
te pasa, maridito mio?
ARGAN: Necesito
tu ayuda.
BELINA: ¿Que
te ocurre, hijito?
ARGAN: Tu
bribona de Toñita, que se ha mostrado mas insolente que nunca.
BELINA: Por
favor, no vuelvas a acalorarte.
ARGAN: Me ha
enfurecido, mujercita mia.
BELINA:
Bueno, hijito, calmate, ya paso.
ARGAN: Ha estado
una hora contradiciendome y oponiendose a mis deseos.
BELINA:
Bien, bien, tranquilizate.
ARGAN: Y ha
tenido el descaro de decirme que no estoy enfermo.
BELINA: ¡Ay,
que insolencia!
ARGAN: Tu
sabes como es, tesoro mio.
BELINA: Si,
mi corazon, lo se y ha obrado muy mal.
ARGAN: Esa
bribona me matara, alma mia.
BELINA:
Bueno, bueno, no sera tanto.
ARGAN: Es la
culpable de toda la bilis que tengo.
BELINA:
Vamos, no lo tomes tan a pecho.
ARGAN: Te he
rogado ya mil veces que la eches a la calle.
BELINA:
¡Dios mio, hijito, eso es muy facil de decir! No existe sirvienta que no tenga
algun defecto. Toñita es habil, cuidadosa, diligente y, sobre todo, fiel. Y ya
sabes que hoy dia hay que andar con mucho tiento cuando se trata de encontrar
servidumbre. (Llamando) ¡Toñita!
TOÑITA: (Apareciendo)
Señora...
BELINA: ¿Por
que estas siempre encolerizando a mi marido?
TOÑITA: (Con
tono meloso) ¿Yo, señora? No se de que me habla.
ARGAN: ¡Ah,
desvergonzada!
TOÑITA: Nos
ha dicho que queria casar a la señorita con el hijo del señor Diarreicus, y yo
le he contestado que me parecia un partido muy ventajoso para ella, pero que, a
mi modo de ver, haria mejor metiendola en un convento.
BELINA: (A
su marido) Creo que tiene razon.
ARGAN:
¿Como, amor mio, es posible que creas a esa deslamada? Se ha hartado de decirme
insolencias.
BELINA:
Calmaos. (A Toñita) Si vuelves a irritar a mi marido, te echare a la
calle. (A su marido) Vamos, ponte bien el gorro. No hay nada mejor para
atrapar un catarro que el aire que entra por los oidos.
ARGAN: ¡Ah,
cariñito mio, cuanto te agradezco todos los desvelos que te tomas por mi!
BELINA: (Arreglando
las almohadas de su marido) Levantate un momento. Voy a ponerte esta
almohada debajo, esta otra al lado, esta otra para que apoyes bien la espalda,
y esta otra para que te sostenga la cabeza.
TOÑITA: (Colocando,
con brusquedad, una almohada sobre la cabeza de Argan) Y esta, para
protegerlo del sereno.
ARGAN: (Levantandose,
encolerizado, y arrojando la almohada a Toñita, que se va corriendo) ¡Queria
ahogarme!
BELINA: ¿Que
es lo que haces? Vamos, acuestate.
ARGAN: (Desplomandose
en la cama) ¡Ay! No puedo mas.
BELINA:
Pero, ¿por que te exaltas asi? Toñita creia que te hacia un bien.
ARGAN: No
conoces, amor mio, la maldad de esa picara. Me esta sacando siempre de quicio y
necesitare mas de ocho nuevas medicaciones y una docena, al menos, de lavativas
para reponerme.
BELINA:
Vamos, vamos, querido, tranquilizate; eso es lo primero que necesitas.
ARGAN: Si,
mi tesoro; solo tu sabes consolarme.
BELINA:
¡Pobre hijito mio!
ARGAN:Para
agradecerte todo el amor que me muestras, quiero, como ya te lo he dicho,
testar en tu favor, mi corazon.
BELINA: ¡Oh,
por favor, esposo mio, no hablemos de eso! No puedo soportar tu pensamiento.
Solo oirte hablar de testar me hace estremecer de dolor.
ARGAN: ¿Te
has acordado de llamar a tu notario, como te lo dije?
BELINA:
Espera ahi afuera; yo misma lo hice llamar.
ARGAN:
Entonces, hazle entrar, mi amor.
BELINA: Te
he obedecido a mi pesar, querido mio. Pero cuando se ama de verdad a su marido,
todo esto es algo demasiado penoso para una esposa.
ARGAN:
Adelante, señor Buenafe. Sientese, por favor. Mi mujer me ha dicho que es Ud un
hombre muy integro y muy buen amigo suyo. Por eso le rogue que lo llamase para
hablarle de un testamento que es mi deseo hacer.
BELINA:
¡Dios mio, no me siento con fuerzas para oir hablar de esas cosas!
BUENAFE: Ya
me ha explicado su intencion, señor, debo decirle que no puede dejarle nada,
mediante testamento.
ARGAN: ¿Como
es eso?
BUENAFE:
Porque es lo admitido consuetudinariamente.
ARGAN: ¿Que?
BUENAFE:Por
la costumbre. Si estuvieramos en un pais de derecho escrito, podria hacerse.
Pero en el nuestro, seria nula toda disposicion en el sentido que desea. La
unica donacion que pueden hacerse reciprocamente los conyuges es una donacion inter
vivos, y, aun para eso, es preciso, que no existan hijos, ya sea de ambos
conyuges o de uno cualquiera de ellos, al producirse el fallecimiento del
premuriente.
ARGAN: ¡Vaya
costumbre absurda que un marido no pueda dejar nada ala esposa que le ama
tiernamente y que le cuida con tanta solicitud como la mia lo hace conmigo! Tal
vez debiera consultar yo a mi abogado, para buscar alguna solucion.
BUENAFE: No
creo que los abogados sean una solucion, ya que, por lo general, se muestran
muy severos en esta materia, porque consideran que es un grave delito tratar de
quebrantar las leyes. Son gentes escrupulosas que no quieren entender de
particularidades ni de sutilezas de conciencia. Es mejor, en todo caso,
dirigirse a personas mas acomodaticias y con recursos para sortear habilmente
la ley; que saben hacer aparecer como justo lo prohibido y allanar las
dificultades de un asunto encontrando el expediente adecuado para ello. Y de no
ser asi, ¿en que situacion se encontrarian a diario muchas personas? Hay que
facilitar las cosas, ya que, en caso contrario, no es posible conseguir nada y
yo mismo consideraria que es inutil mi profesion.
ARGAN: Ya
veo, señor, la razon que tenia mi mujer al asegurarme que era tan recto como
habil. Digame, que podria hacer yo para privar de mi fortuna a mis hijos y
dejarsela a ella.
BUENAFE:
Puede, fingir un determinado numero de deudas, y decir que desea saldar a sus
acreedores, los cuales haran de testaferros de su esposa, a la que entregaran
una declaracion en la que afirmen que se prestaron a ello solo por hacerle un
favor. E, igualmente, podeis entregar, en vida, a su esposa cuanto dinero posea
en metalico o en valores al portador.
BELINA: (A
su marido) ¡Oh, no, Dios mio, no quiero que se te atormente con todo eso!
Si llegaras a faltarme, querido mio, yo no querria seguir viviendo.
ARGAN: ¡Amor
mio!
BELINA: Si,
cariño. Si tuviera la desgracia de perderte...
ARGAN:
¡Esposa adorada!
BELINA:
...te seguiria a la tumba, para probarte todo el amor que te tengo.
ARGAN:
¡Tesoro, me partes el corazon! No llores, te lo ruego.
BUENAFE: (A
Belina) Esas lagrimas me parecen un poco prematuras. La cosa no ha llegado
aun a tal extremo.
BELINA: ¡Ah,
señor! No sabe lo que puede significar un marido al que se ama tiernamente.
ARGAN: Si me
muero pronto, mi unica pena, querida mia, sera la de no haber tenido un hijo
tuyo. Pero el doctor Purgon me ha dicho que el conseguira hacerme padre.
BUENAFE: Ese
hijo puede llegar todavia, en efecto.
ARGAN: (A
su mujer) Quiero, pues, firmar ese documento, en la forma que ha sugerido
el señor notario. Pero, por lo pronto, voy a entregarte veinte mil francos, en
oro, que tengo escondidos en el artesonado de mi alcoba, amen de dos pagares al
portador debidamente firmados por el señor Damon y por el señor Gerante,
respectivamente.
BELINA: No,
no quiero siquiera oir hablar de eso... Pero..., ¿cuanto dices que tienes
guardado en tu alcoba?
ARGAN:
Veinte mil francos en oro, amor mio.
BELINA: No
me hables de dinero, te lo suplico; dime solo a cuanto ascienden esos pagares.
ARGAN: Uno,
cariño, a cuatro mil francos, y otro a seis mil.
BELINA: ¿Y
que puede importarme lo que valgan? Todos los bienes de este mundo no valen
para mi lo que tu.
BONNEFOY: (A
Argan) ¿Quiere, pues, entonces, que redactemos este testamento?
ARGAN: Si,
señor. Pero creo que lo haremos mejor, en mi despacho. (A su mujer) Tesoro
mio, ayudame, por favor, a ir hasta alli.
BELINA: De
mil amores, querido. (Salen los tres)
TOÑITA:
Estan ahi dentro, con el notario, y les he oido hablar de firmar unos
documentos. Tu madrastra no se duerme y estoy segura de que ha conseguido
arrastrar a tu padre a hacer algo contra tus intereses.
ANGELICA:
Que disponga de sus bienes a su antojo, con tal que deje en libertad mi
corazon. Ya has visto, Toñita, como quieren violentarlo. Por favor, no me
abandones en este apuro en que me veo.
TOÑITA:
¿Abandonarte, yo? Mas me valiera morir. Ya puede tu madrastra tratar de hacerme
su confidente y de ganarme para su causa. Sabes que no he sentido nunca
simpatia por ella y que he estado siempre de tu parte. Dejame, pues, hacer.
Recurrire a todo para ayudarte. Pero, para hacerlo mas eficazmente, voy a
cambiar de procedimientos, ocultando el interes que tengo por ti y fingiendo
aprobar los proyectos de tu padre y de tu madrastra.
ANGELICA:
Procura, te lo ruego, que Cleanto sea informado en seguida del casameinto que
han concertado.
TOÑITA: Lo
hare.
ACTO SEGUNDO
TOÑITA: ¡Ah!
¿Es usted? ¡Vaya sorpresa! ¿Que es lo que le ha traido aqui?
CLEANTO: El
deseo de saber mi suerte. Hablar con Angelica, para conocer sus sentimientos y
preguntarle que ha decidido sobre el malhadado casamiento del que he sido
informado.
TOÑITA: Le
comprendo. Pero no es tan facil hablar, asi como asi, con la señorita. Porque
ya sabra que se le tiene severamente vigilada y que no la dejan salir de casa
ni hablar con nadie. Solo gracias a su tia obtuvimos permiso de ir al teatro
donde la ha conocido; naturalmente, nos hemos guardado muy bien de hablar sobre
ese feliz encuentro.
CLEANTO: Por
eso no vengo aqui como el que soy, ni menos como pretendiente de Angelica, sino
como amigo de su profesor de musica, de quien he logrado que permita
sustituirle.
TOÑITA:
Sigame.
ARGAN: (Sin
ver a Toñita y creyendose, pues, solo) ...11, 12. El doctor Purgon me ha prescrito que todas
las mañanas pasee por mi alcoba, recorriendola de parte a parte, doce veces de
ida y doce de vuelta. Pero he olvidado preguntarle si he de hacerlo a lo largo
o a lo ancho.
TOÑITA:
Señor, aqui esta...
ARGAN:
¡Habla mas bajo, bribona! Ya vienes a trastornarme la cabeza, sin tener en
cuenta que a un enfermo no hay que hablarle nunca tan alto.
TOÑITA: Solo
queria decirle...
ARGAN: Habla
mas bajo, te digo.
TOÑITA: (Haciendo
como si hablase) Señor...
ARGAN: ¿Que?
TOÑITA: Le
decia... (Continuando en el mismo juego)
ARGAN: ¿Que
dices? No te oigo.
TOÑITA: (Hablando
normalmente) Digo que lo esta esperando un hombre que quiere hablarle.
ARGAN: Pues
hazle entrar. (Toñita hace señas a Cleanto para que se acerce)
CLEANTO:
Señor...
TOÑITA: (A
Cleanto) No hables tan alto porque trastornas la cabeza al señor.
CLEANTO:
Señor, estoy encantado de verlo levantado y de que se encontre mucho mejor.
TOÑITA: (Fingiendo
irritarse) ¿Como sabe que se encuentra mejor? Eso es falso. Mi amo sigue
estando enfermo.
CLEANTO:
Habia oido decir que el señor se encontraba mejor, y la verdad es que no puede
tener mejor aspecto.
TOÑITA: ¿Que
quieres decir con eso de “mejor aspecto”? El señor no puede tenerlo peor, y son
unos insolentes los que han dicho que habia mejorado. La verdad es que jamas se
ha encontrado tan mal.
ARGAN: (A
Cleanto) Desgraciadamente, Toñita tiene razon.
TOÑITA:
Anda, come, bebe y duerme como cualquier hijo de vecino; pero, a pesar de eso,
esta muy enfermo.
ARGAN: Es
cierto.
CLEANTO: Lo
siento mucho, señor. Permitame que le diga el motivo de mi visita. Vengo de
parte del profesor de canto de su hija, del que soy amigo intimo. Se ha visto
obligado a ausentarse por unos dias y me envia para que lo reemplace, porque
teme que, si se interrumpieran las lecciones, su hija olvidaria tal vez lo que
ya ha aprendido.
ARGAN: Muy
bien. (A Toñita) Llama a Angelica.
TOÑITA:
Creo, señor, que seria mejor que este caballero diera su leccion en el aposento
de la señorita.
ARGAN: No.
Di a mi hija que venga.
TOÑITA:
Daran mejor la leccion si se los deja solos y tranquilos.
ARGAN: Te he
dicho que no.
TOÑITA:
Piense, señor, que el canto lo aturdira. La menor cosa puede perjudicarlo, en
el estado en que se encuentra, y trastornarle la cabeza.
ARGAN: Nada
de eso. Me gusta la musica y, y tambien estudie canto... ¡Ah, ahi llega mi
hija! Ve a ver si mi mujer esta ya arreglada.
(Entra
Angelica)
ARGAN:
Escucha, hija mia. Tu profesor de canto ha tenido que ausentarse y envia a este
caballero para que lo reemplace y te de la leccion.
ANGELICA: (Al
reparar en Cleanto) ¡Oh, cielo!
ARGAN: ¿Que
te pasa? ¿Por que pareces sorprendida?
ANGELICA: (Turbada
aun) Es que...
ARGAN: ¿Que?
¿Por que te turbas de ese modo?
ANGELICA:
Porque es muy sorprendente. padre mio, lo que me ocurre.
ARGAN: ¿Que
quieres decir?
ANGELICA:
Esta noche he soñado que me veia en un gran apuro. Una persona, exactamente
igual a este señor, se me ha aparecido y me ha sacado del trance en que me
hallaba. ¿Comprende ahora mi sorpresa y el que haya creido ser victima de una
alucinacion al ver este caballero?
CLEANTO: No
hay nada de extraño en tener la mente ocupada, lo mismo despiertos que
dormidos. Y, por mi parte, me sentiria dichoso de que, si se viese en algun
apuro, me creyese digno de socorrerla. Nada habria que no fuese capaz de hacer
por...
TOÑITA: (Con
tono malicioso, a Argan) Acaban de llegar el señor Diarreicus y su hijo,
que desean hablar con usted. Por mi fe, que no podia encontrar mejor yerno. Es
el mozo mas inteligente y apuesto que he visto en mi vida. Me ha dicho solo dos
palabras, pero han bastado para encandilarme, y estoy segura de que
entusiasmara tambien a su hija.
ARGAN: (A
Cleanto, que hace ademan de marcharse) No os marche, señor. Esta visita que
anuncian se debe a que caso a mi hija, y su futuro esposo, acompañado de su
padre, viene a conocerla personalmente, pues no habia tenido aun ocasion de
hacerlo.
CLEANTO: Me
hace un gran honor, señor.
ARGAN: Mi
futuro yerno es el hijo de un prestigioso medico y la boda se celebrara dentro
de cuatro dias. Y, por supuesto, usted queda invitado.
CLEANTO: Es
un gran honor para mi.
(Entran el
señor Diarreicus y su hijo Tomas)
ARGAN: (Llevandose
la mano al gorro, pero sin quitarselo) Excusenme, caballeros, pero el
doctor Purgon me ha prohibido descubrirme.Ustedes son de la misma profesion y
saben, pues, muy bien, las fatales consecuencias que puede acarrear un
enfriamiento.
DIAFOIRUS:
En efecto; y nuestras visitas deben ser siempre para proporcionar alivio a los
enfermos y no paraagravar sus dolencias.
ARGAN:
Bienvenidos, caballeros.
DIARREICUS:
Venimos, aqui, caballero..., mi hijo Tomas y yo, a testimoniarle el placer que
sentimos, por la merced que nos dispensa, al consentir en recibirnos,
honrandonos, caballero, con esta alianza...y asegurarle que en todo lo que
dependa de nuestra profesion, y en todo cuanto se le ofrezca, nos encontrara
siempre dispuestos a testimoniarle nuestra solicitud... (De repente, a su
hijo) Vamos, quedate quieto y presenta al señor tus respetos.
TOMAS: (A
Argan) Señor, he venido aqui a saludar, conocer y disponerme a amar y
venerar en usted a mi segundo padre. Por lo que vengo hoy a ofrecerle ya,
anticipadamente , mis mas humildes y respetuosos homenajes.
TOÑITA:
¡Viva el colegio donde han sabido educar asi a un hombre!
TOMAS: (A
su padre) ¿Lo he hecho bien, padre?
DIARREICUS:
Optimamente.
ARGAN: (A
su hija) Vamos. Saluda al señor.
TOMAS: (A
su padre) ¿Debo besarla?
DIARREICUS:
Naturalmente.
TOMAS: (A
Angelica) Señora, con justicia ha querido el Cielo otorgarle el noble
titulo de madre, ya que...
ARGAN: (A
Tomas) Perdone Ud., señor, pero no es mi mujer, sino mi hija, a quien le
habla.
TOMAS:
¿Donde se halla entonces su esposa?
ARGAN: Ahora
vendra.
TOMAS:
¿Espero, pues, padre, a que venga?
DIARREICUS:
Presenta, entre tanto, tus cumplidos a la señorita.
TOMAS:
Señorita; lo mismo que la estatuta de Mennon producia un sonido armonioso al
ser iluminada por los rayos del sol, me siento yo poseido por un inefable
transporte al ver aparecer el sol de vuestra belleza; y lo mismo que los
naturalistas han comprobado que la flor denominada heliotropo gira, sin cesar,
en direccion al astro del dia, girara siempre, desde este instante, mi corazon
hacia los astros resplandecientes de sus adorables ojos, que son su unico polo.
Permita, pues, señorita, que deposite hoy, en el ara de sus encantos, la
ofrenda de un corazon cuyo dueño no ambiciona otra gloria que la de ser toda su
vida muy humilde, respetuoso y fiel servidor y marido. TOÑITA: ¡Lo que puede el estudio! ¡Como
enseña a decir las mas bellas cosas!
CLEANTO: El
señor habla maravillosamente; si es tan buen medico como orador, debe resultar
un placer ser su paciente.
TOÑITA: Muy
cierto. Si las curas del señor estan a la altura de sus discursos, todos los
enfermos se sentiran dichosos.
ARGAN: (A
Toñita) Sentemosnos. (Toñita trae al punto lo demandado.) Tu aqui,
hija mia. (Al señor Diarreicus) Ya ve, señor, como admira todo el mundo
a su hijo. Debe sentirse orgulloso de el.
DIARREICUS: Asi
es, señor, y no porque sea yo su padre; pero si puedo afirmar que me siento
satisfecho de el. No ha tenido nunca una imaginacion vivaz, ni tampoco esa
agudeza de ingenio que poseen algunos. Pero, precisamente por eso, le he
augurado siempre exito en su profesion, ya que el buen sentido es la primera de
las cualidades necesarias para el ejercico de nuestro arte. Cuando era pequeño,
no se mostro nunca listo. Costo arduos esfuerzos enseñarle a leer y, a sus
nueve años, todavia no distinguia bien las letras. Pero yo me decia mi mismo:
“Los arboles tardios son los que dan los mejores frutos”. En efecto, se graba
mas dificilmente sobre el marmol que sobre arena pero, en aquel, lo inscrito se
conserva infinitamente mas tiempo. Por eso, su lentitud de compresion y su
ausencia de imaginacion eran, para mi, señales inequivocas de su buen juicio
futuro. Cuando lo envie al colegio, la prueba le resulto muy dura; pero todos
sus maestros me alababan su constancia. Al fin, a fuerza batir el cobre, he
logrado obtener brillantemente su licenciatura y puedo afirmar, sin jactancia
paternal, que desde hace años no ha habido en las aulas de nuestra Facultad un
alumno que no haya promovido mas polemicas, y hecho hablar tanto de el. Pero lo
que mas me complace en el, y en esto sigue mi ejemplo, es su aferrarse
ciegamente a las opiniones de nuestros clasicos. Nunca ha querido comprender,
ni escuchar siquiera, las razones y las experiencias en que se apoyan los
presuntos descubrimientos de nuestro siglo referentes a la circulacion de la
sangre y a otras teorias por el estilo.
TOMAS: (Sacando
de su bolsillo un gran legajo y ofreciendolo a Angelica) He escrito, en
efecto, contra los defensores de la teoria de la circulacion, esta tesis que (saludando
a Argan), con el permiso del señor, me atrevo a ofrecerle como obligado
homenaje de las primicias de mi talento.
ANGELICA:
Señor: no entiendo nada de esas cosas.
TOÑITA: (Apoderandose
del legajo) Demelo. Aprovechare la estampa de la portada, para adornar mi
alcoba.
TOMAS: (A
Angelica, tras saludar nuevamente a Argan) Tambien, si me lo permite el
señor, le invito, para que le entretenga, a presenciar la diseccion, de un
cadaver femenino, que efectuare un dia de estos y sobre la cual debo redactar
un informe.
TOÑITA:
Sera, en efecto, una diversion muy agradable.
DIARREICUS: (A
Argan) Por lo demas, en lo concerniente a las cualidades que se requieren
para el matrimonio y la procreacion, le aseguro que, segun los mejores
criterios medicos, mi hijo no deja nada que desear.
ARGAN: ¿Y no
tiene, señor, el proposito de introducirlo en la corte y buscarle en ella un
cargo de medico?
DIARREICUS:
He creido siempre preferible buscar una clientela mas modesta y mas manejable.
Con esta, no tiene uno que responder de sus actos ante nadie. Con aplicar los
preceptos de nuestro arte es suficiente. No hay, pues, que temer nunca nada de
lo que pueda ocurrir. En cambio, ser medico de gentes de rango es muy enojoso
porque cuando caen enfermos quieren terminantemente que los curemos.
TOÑITA:
¡Hace falta ser impertinentes para pretender que los curen los señores medicos!
DIARREICUS:
Nuestra unica obligacion es tratar a los enfermos como lo prescriben nuestros
formularios.
ARGAN: (A
Cleanto) Señor, haga cantar un poco a mi hija, para que amenice esta
reunion.
CLEANTO:
Estoy a sus ordenes, señor. Y se me ocurre que podria, para entrener a los
presentes, cantar con la señorita una escena de una obra estrenada hace poco. (Entregandole
un papel a Angelica). Tome su partitura.
ANGELICA:
¿Yo?
CLEANTO: (En voz alta , a todos) Lo que van a
oir es solo un fragmento de prosa musicada que canta una pareja a la que su
mutua pasion y la necesidad obligan a improvisar lo que desean decirse.
ARGAN: Los
escuchamos.
CLEANTO:, (Cantando):
Bella
Filis, no me hagais sufrir mas;
(Hablando
tipo Opera)
rompamos
este silencio cruel y abridme vuestro corazon...
ANGELICA: Vos me veis, muda y afligida
Pues
mi padre, quiere sea de otro...
CLEANTO: Miro al Cielo, y espero un
milagro
DUO: Para que cambie de
opinion
CLEANTO: ¡Bella
Filis, dime que me amas!
ANGELICA: Sere tuya, tuya o de la muerte
DUO: Amor mio lucharemos juntos.
ANGELICA: Bello Tirsis, oye mis suspiros
CLEANTO: Mas tu padre noconsentira
Pues
pretende darte otro marido
ANGELICA: Sere tuya o me matare
CLEANTO: Sera mia o se matara
Seras
mia ya me lo has jurado
ANGELICA: Sere tuya ya te lo he jurado
CLEANTO: Sera mia ya me lo ha jurado
DUO: (El) Sera mia o se matara
(Ella)
Sere tuya o me matare
ANGELICA: Sere tuya yo te lo prometo
CLEANTO: Seras mia ya me lo has jurado
ANGELICA: Lo he jurado, lo he jurado
Si...
ARGAN: ¿Y a
todo esto que dice el padre? No. Basta ya. Su improvisacion escenica encierra
un deplorable ejemplo. Tirsis es un
impertinente vanidoso, y Filis, una desvergonzada. (A Angelica) A ver,
muestrame esa partitura. ¡Ah, ah! ¿Como es que no veo el texto que han cantado?
Solo esta escrita la musica.
CLEANTO:
¿Acaso no sabe, señor, que recientemente se ha inventado un modo de transcribir
tambien, con las simples notas, el texto?
ARGAN: No
quiero discutir. Permitame le diga que maldita la falta que nos hacia escuchar
su impertinente obrita. Retirese.
CLEANTO: (Saliendo)
Crei, señor, que podria divertirlos.
ARGAN: Las
necedades no pueden divertir nunca. ¡Ah! Ahi llega mi esposa.(Entra Belina) Amor
mio; te presento al hijo del señor Diarreicus.
TOMAS:
Señora: con justicia ha querido el Cielo
otorgarle el noble titulo de madre.
BELINA:
Encantada de haber llegado a tiempo para tener el honor de conocerlo.
TOMAS: ...
ya que veo en vuestro rostro...si, en ... vuestro rostro... Lo siento, señora,
pero me ha interrumpido a mitad del parrafo y he perdido el hilo del discurso.
DIARRICUS:
Dejalo, hijo mio, para otra ocasion.
ARGAN: (A
su mujer) Me habria gustado que no hubieras tardado tanto en venir.
TOÑITA: Ah,
si, señora! La que se ha perdido por no haber estado aqui!
ARGAN: (A
Angelica) Vamos, hija mia, ofrece tu mano al señor y prometele la fidelidad
que debes a quien a sera tu esposo.
ANGELICA:
Padre mio!
ARGAN: ¿A
que viene esa exclamacion? ¿Que quieres decir con ese "padre mio"?
ANGELICA: No
precipites tanto las cosas, te lo ruego. Danos, al menos, tiempo para
conocernos y para sentir como nace, entre el señor y yo, esa mutua inclinacion,
imprescindible para lograr una union perfecta.
TOMAS: En lo
que me atañe, puedo decirle, senorita, que esa inclinacion ya ha nacido en mi y
no necesito, pues, esperar.
ANGELICA: Si
Ud es tan subito en sus sentimientos, a mi no me sucede igual, y debo
confesarle, con franqueza, que sus meritos, no han cautivado, todavia,
suficientemente mi corazon.
ARGAN:
Bueno, bueno. Eso ya llegara cuando esten casados.
ANGELICA:
¡Por favor, padre mio, concedame, algun tiempo! El matrimonio es un lazo con el
que no debe ligarse por la fuerza a nadie y si este señor es un caballero no
puede aceptar, de ningun modo, a una persona que le perteneceria solo por la violencia ejercida sobre ella.
TOMAS: Nego
consequentium, señorita. Se puede ser un perfecto caballero y aceptar su
mano, que me ofrece su señor padre.
ANGELICA:
Mal medio el de querer forzar a alguien a que nos ame.
TOMAS: Los
autores de la antigüedad nos dicen que se acostumbraba raptar, de la casa
paterna, a las jovenes que iban a desposarse, para que asi no pareciese que se
casaban voluntariamente.
ANGELICA:
Los antiguos, señor, eran los antiguos, pero nostros somos gentes de nuestro
tiempo. Hoy dia, las mujeres sabemos perfectamente cuando un casamiento nos
agrada y, para llevarlo a efecto, no es menester simulacro ni coaccion algunos,
Tenga, pues, señor, un poco de paciencia, ya que si me ama, como dices, le debe
ser grato complacerme.
TOMAS: Asi
es, señorita, pero siempre y cuando sus deseos no se opongan a los naturales
impulsos de mi amor.
ANGELICA: La
mejor prueba de amor es justamente acatar los deseos del ser amado.
TOMAS: Distinguo,
señorita. En lo que no afecta a la posesion, concedo; pero en lo que
si la afecta, nego.
TOÑITA: (A
Angelica) Por muchos razonamientos
que exponga, perdera su tiempo. El señor acaba de salir de las aulas y tendra
siempre a punto una docta replica. ¿Para que, pues, resistirse tanto al honor de unirse con un ilustre
representante de nuestra gloriosa Facultad?
BELINA:
Quiza suceda que Angelica sienta otra inclinacion.
ANGELICA: Si
la sintiera, puede estar segura de que nada habria en ella que fuera en
menoscabo de la razon ni de mi honestidad.
ARGAN:¡
Vamos! De segur asi, acabarian convirtiendome en un pelele cuya voluntad no cuenta.
BELINA: Nada
de eso. Pero, en tu lugar no la obligaria a casarse. Es otra cosa lo que yo
haria.
ANGELICA:
Entiendo, señora, lo que sugiere y le
agradezco, su interes por mi. Pero sus consejos no concordarian, tal vez, con
mis deseos y no podria segurilos, como, al parecer, lo espera.
BELINA: Si fuera
asi, seria porque, hoy dia, las jovenes tan juiciosas y tan recatadas como tu
se burlan del respeto y de la obediencia que deben a sus padres. Antaño no
sucedia asi.
ANGELICA:
Los deberes de una hija tambien tienen su limite, señora, y ni siquiera la razon
ni las leyes pueden pretender regularlo todo.
BELINA:
Dicho en otras palabras: apruebas el matrimonio, pero siempre que seas tu la
que elijas el esposo.
ANGELICA: Si
mi padre no me permite elegirlo, debo rogarle que, al menos, no me oblgue a
casarme con alguien a quien no podria amar.
ARGAN: (A
Diarreicus y su hijo) Señores,
excusen lo que estan oyendo.
ANGELICA: (A
Belina) Cada cual tiene sus motivos para casarse.Por mi parte, deseo un
marido al que pueda amar con todo mi corazon. Y, como pretendo, ademas,
sentirme ligada a el toda mi vida, me parece razonable mostrar ciertas
prevenciones. Se tambien, señora, que otras hacen del matrimonio una mera
cuestion de intereses; que se casan tan solo para tener derecho a una viudez,
para enriquecerse con la muerte de su conyuge, y que por eso pueden pasar, sin
escrupulos, de un marido a otro, a la espera solo de heredar sus bienes.
BELINA: Me
gustaria saber que es lo que has querido decir con todo ese discurso.
ANGELICA: Y
que podria querer decir, sino lo que he dicho?
BELINA: A
veces, te muestras tan necia, querida, que resultas insoportable.
ANGELICA:
Ya se, señora, que deseas obligarme a responderle alguna impertinencia, pero
puedes estar segura de que no te dare ese gusto.
BELINA: No he
visto nunca insolencia semejante a la tuya.
ANGELICA:
Tiene razon, señora, asi es.
BELINA: Tu
ridiculo orgullo y tu impertinente presuncion hacen que todo el mundo te juzgue
como mereces.
ANGELICA:
Todo cuanto me diga no le servira de nada. Obrare con sensatez, mal que le
pese. Y, para que vaya perdiendo la esperanza de poder convencerme, la libro de
mi presencia.
ARGAN: (A
Angelica, que abandona la estancia) Escucha; solo tienes dos alternativas:
o casarte, dentro de cuatro dias, con este señor, o ingresar a un convento. (Sale
Angelica, sin responder nada. A su mujer) No te inquietes. Yo sabre hacerle
entrar en razon.
BELINA:
Siento tener que dejarte, hijito; pero tengo un asunto que tratar y es preciso
que me vaya. Espero regresar pronto.
ARGAN: Ve,
pues, amor mio; y no te olvides de pasar por casa del notario, para que
diligencie, todo lo posible, lo que ya sabes.
BELINA:
Hasta luego, queridito.
ARGAN: Hasta
luego, cielo. (Vase Belina)
DIARREICUS:
Me parece que ha llegado el momento de despedirnos.
ARGAN: Le
ruego, señor, que, antes de hacerlo, me diga como me encuentro.
DIARREICUS: (Tomando
el pulso a Argan) Toma, hijo mio, la otra muñeca del señor y veamos si
sabes emitir un diagnostico certero sobre su pulso. ¿Quid dicis?
TOMAS: Dico,
que el puslo del señor es el de un hombre que no se encuentra nada bien.
DIARREICUS:
Perfectamente.
TOMAS: Que
es el “duriusculo”, por no decir duro, a secas.
DIARREICUS:
Exactamente.
TOMAS: Y un
tanto repelente.
DIARREICUS: Bene.
TOMAS: Y
hasta un poco “capricante”.
DIARREICUS: Optime.
TOMAS: Todo
lo cual produce una alteracion del parenquima esplenico, que afecta al bazo.
DIARREICUS:
¡Esplendido!
ARGAN: Creo
que se equivocan; el doctor Purgon me ha dicho que lo que tengo enfermo es el
higado.
DIARREICUS:
Bueno, si; al hablar del parenquima nos referimos a uno y otro organo, dada la
estrecha relacion en que los mantienen el “vaso breve” del piloro y tambien,
muy a menudo, los coledocos. Sin duda, el doctor Purgon le habra prescrito
comer alimentos crudos.
ARGAN: No;
al contrario, solo alimentos cocidos.
DIARREICUS:
Bueno, si; asado o cocido, viene a ser la misma cosa. Sus prescripciones son
muy atinadas y no podria estar en mejores manos.
ARGAN:
¿Quiere decirme, señor, cuantros granos de sal hay que ponerle a un huevo?
DIARREICUS:
Seis, u ocho, o diez, pero siempre numero par; en cambio, en los medicamentos,
las dosis siempre en numeros impares.
ARGAN:
Entendido. Te lo agradezco mucho. Hasta pronto, señores. (Vanse Diarreicus y
su hijo).
BELINA: (Entrando)
Antes de irme, he querido informarte de algo sobre lo que debes extremar tu
cuidado. Al pasar junto al dormitorio de Angelica, la he visto en compañia de
un joven, que al divisarme ha salido corriendo.
ARGAN: ¿Un
joven con mi hija y en su alcoba?
BELINA: Si;
Luisita los acompañaba y puede confirmartelo.
ARGAN:
Enviame en seguida a Luisita, amor mio. ¡Ah, la desvergonzada! (Solo ya) ¡Ahora comprendo su resistencia a obedecerme!
LUISITA:
¿Que quieres, papa? Mi madrastra me ha dicho que viniera a verte.
ARGAN: Si;
acercate, levanta los ojos y mirame. ¿Entendido?
LUSITA:
¿Asi, papa?
ARGAN: Asi.
LUISITA: ¿Y
ahora que?
ARGAN: ¿No
tienes nada que contarme?
LUISTA: Si
quieres que te entretenga puedo contarte el cuento de Piel de Asno , o
la fabula El cuervo y la zorra , que acaban de enseñarmela.
ARGAN: No es
eso lo quiero saber.
LUISITA: ¿Y
que es entonces?
ARGAN: ¡Ah,
pilluela! Ya sabes a lo que me refiero.
LUISITA: No,
papa, no se nada.
ARGAN: ¿Es
asi como obedeces a tu padre?
LUISITA: No
comprendo.
ARGAN: ¿No
te habia encargado yo que vinieras en seguida a contarme todo lo que vieses?
LUISITA: Si,
papa.
ARGAN: ¿Y lo
vas a hacer?
LUISITA:
Claro que si, papa. Ya se que me has llamado para que os diga lo he visto.
ARGAN: ¿Y
hoy no has visto nada?
LUISTA:
Nada, papa.
ARGAN: ¿No?
LUISITA: No.
ARGAN:
¿Seguro?
LUISTA:
Seguro.
ARGAN: Bien;
entonces voy a hacerte ver algo.
LUISITA: (Asustada
al ver a su padre tomar unas disciplinas) ¡Ay, eso no, papa!
ARGAN: ¡Ay,
tunantuela! ¿conque no has querido decirme que has visto a un hombre en la
alcoba de tu hermana?
LUISITA: (Llorando)
¡Papito!
ARGAN: (Tomando
por el brazo a su hija) ¡Ya te enseñare yo a mentir!
LUISITA: (Arrodillandose)
¡Perdonadme, papaito! Angelica me hizo prometer que no os diria nada, pero
voy a contartelo todo.
ARGAN:
Primero te voy a dar unos cuantos azotes por haber mentido.
LUISITA:
Perdon, papa.
ARGAN: No te
lo mereces.
LUISITA:
¡Papaito, no me azotes!
ARGAN: Voy a
hacerlo.
LUISITA:
¡No, papa, por favor!
ARGAN: (Tratando
de azotarle) ¡Que si, te digo!
LUISITA:
¡Ah, papa, me has herido! Mira como me muero. (Se hace la muerta)
ARGAN:
Vamos, no juegues. ¡Oh, Dios mio! ¿Que he hecho? ¡Luisita! ¡Luisita! ¿Que te
sucede, hija mia? ¡Ay, desdichado de mi! ¡He matado a mi pobre hijita! ¡Ah,
hijita mia! ¡Mi pobre Luisita!
LUISITA: Aun
no estoy muerta del todo.
ARGAN: ¡Ah,
la muy ladina! Bueno te perdono por esta vez, pero has de contarmelo todo.
LUISITA: Si,
papa.
ARGAN: Y
anda con cuidado, porque mi meñique, que lo sabe todo, me dira si mientes.
LUISITA:
Pero no le digas que he sido yo la que te lo he contado.
ARGAN: No le
dire nada.
LUISITA: (Tras
cerciorarse de que nadie la escucha) Pues, si, un hombre ha venido a la
alcoba de Angelica, cuando yo estaba alli.
ARGAN: ¿Y que
mas?
LUISITA: Yo
le he preguntado que queria y me ha dicho que era el maestro de canto.
ARGAN: (Aparte)
¡Ah, si! ¡Esta claro el asunto! (A
Luisita) ¿Y que mas paso?
LUISITA:
Entonces llego Angelica.
ARGAN: ¿Y
que sucedio?
LUISITA:
Ella le dijo: “¡Marchate, marchate de aqui, te lo ruego! ¡No me comprometas mas
de lo que ya estoy!”
ARGAN: Bien,
continua.
LUISITA: El
no queria marcharse.
ARGAN: ¿Y
que es lo que decia a tu hermana?
LUISITA: Le
decia un monton de cosas.
ARGAN: ¿Que
cosas?
LUISITA: Le
decia esto y aquello; que la amaba mucho y que era la mas bella del mundo.
ARGAN: ¿Y
despues?
LUISITA:
Despues se arrodillo ante ella.
ARGAN: ¿Y
despues?
LUISITA:
Despues le beso las manos.
ARGAN: ¿Y
despues?
LUISITA:
Despues... paso ante la puerta mi madrastra y entonces el huyo.
ARGAN: ¿Y no
paso nada mas?
LUISITA: No,
papa.
ARGAN: Mira,
mi meñique me murmura algo. (Metiendose el dedo en el oido y fingiendo
hablar con el). ¿Eh? ¡Ah, ah! ¿Si? ¡Oh, oh! (A su hija) En efecto,
mi meñique me ha dicho que tu has visto otras cosas, pero que no quieres
contarmelas.
LUISITA:
¡Ah, papa! Tu meñique es un embustero.
ARGAN:
¡Cuidadito con lo que dices!
LUISITA: Te
he dicho la verdad, papa. No creas a tu meñique. Te ha mentido.
ARGAN:
Bueno, bueno. Ya lo sabre. Vete ahora y fijate bien en todo. ¡Marchate! (Solo
de nuevo) ¡Vaya con las criaturas! ¡Y cuantos quebraderos de cabeza! No me
dejan tiempo para preocuparme de mi enfermedad. (Dejandose caer en una
silla) ¡Y la verdad es, Dios mio, que no puedo mas!
T
E R C E R A C T O
(Entra
Beralda acompañada de Toñita)
BERALDA:
¡Hola, hermano! ¿Como te encontras?
ARGAN: Muy
mal, hermana, muy mal.
BERALDA:
¿Muy mal?
ARGAN: Si;
no puedes imaginarte lo debil que me siento.
BERALDA: Lo lamento,
porque debe de resultar muy molesto.
ARGAN: No
tengo siquiera fuerza para hablar.
BERALDA:
Venia, hermano, a proponerte un buen partido para mi sobrina Angelica.
ARGAN: (Exaltandose
y levantandose bruscamente) ¡No ha hables de esa bribona! Es una desvergonzada,
a la que voy a meter, antes de cuarenta y ocho horas, en un convento.
BERALDA:
¡Ah! Eso me parece muy bien. Me congratulo, hermano, de ver que has recobrado,
tus energias y de que mi visita parece haberte reanimado. ¡Tomemos algo!
¡Prueba esto! (Ambos beben). ¿No vale esto por todos tus purgantes?
TOÑITA: ¡Oh,
no! Un buen purgante es lo mejor del mundo.
BERALDA: Y
ahora, hermano, podemos hablar a solas un ratito, si te place.
ARGAN: Si;
pero tendras que esperar un momento. Volvere en seguida. (Sale)
TOÑITA:
Señora, no abandone a su sobrina.
BERALDA:
Hare cuanto pueda para que se cumplan sus deseos.
TOÑITA: Hay
que impedir a toda costa esa extravagante boda que al señor se le ha antojado.
He ideado un treta que puede servirnos.
BERALDA: ¿Y
que treta es esa?
TOÑITA: No
sera, tal vez, muy sensata, pero confio en que tenga exito. Permita que me
ocupe de esto y haga, por tu parte, cuanto pueda. Ahi vuelve el señor.
BERALDA:
Ante todo, hermano mio, te ruego que no te acalore mientras conversamos.
ARGAN: Te lo
prometo.
BERALDA:
Asi, podremos hablar razonablemente, sin apasionamiento, de los asuntos que
debemos tratar.
ARGAN:
¡Cuanto, preambulo, Dios mio!
BERALDA: Al
grano, entonces. ¿Como es posible que hayas decido meter a Angelica en un
convento?
ARAGAN: Muy
sencillo. Porque siendo yo el cabeza de familia, puedo hacer lo que se me
antoje.
BERALDA: Tu
esposa no se cansa de aconsejarte que te desprendas asi de tus dos hijas; y
como la conozco, no dudo que, dado su espiritu piadoso, le encantaria, en
efecto, verlas convertidas en dos buenas religiosas.
ARGAN: ¡Ah,
ya estamos con el tema de siempre! ¡Ya salio a relucir mi pobre mujer! Si, ya
se que ella es siempre la culpable de todo y que nadie la puede ver.
BERALDA:
Hermano, ¿por que quieres casarla con el
hijo de un medico?
ARGAN: Para
tener el yerno que necesito.
BERALDA:
Pero el que has elegido no le conviene a Angelica. Se de alguien que es un
partido mas ventajoso para ella.
ARGAN: No lo
dudo, pero el que yo he elegido, hermano, es el mas ventajoso para mi.
BERALDA:
Dime: ese marido, ¿es para ella o para ti?
ARGAN: Lo es
para ella, pero tambien sera util para
mi. Quiero contar, en mi familia, con las personas que necesito.
BERALDA:
Entonces, si Luisita estuviese ya en edad de desposarse, la casarias con el
boticario.
ARGAN: ¡Que
buena idea! No se me habia ocurrido.
BERALDA: ¿Es
posible que medicos y boticarios te hayan sorbido, hasta ese punto, el seso,
para empeñarte en creerte enfermo.
ARGAN: No te
entiendo.
BERALDA:
Quiero decir que no conozco hombre menos enfermo que tu. Y la mejor prueba es
que, pese a tantos cuidados innecesarios y a todos los potingues que te hacen
tomar, todavia no has conseguido quebrantar tu salud.
ARGAN:Si yo
dejara de tomarlas, en tres dias moriria.
BERALDA: Si
no pones coto a su tirania, te seguira cuidando tanto que pronto te enviara al
otro mundo.
ARGAN: ¿Es
que no creeis en la Medicina?
BERALDA: No
veo que sea preciso creer en ella para estar sano.
ARGAN:
¡Como! ¿No teneis por verdadera una cosa reconocida por todo el mundo?
Entonces, a vuestro parecer, los medicos no saben nada de medicina.
BERALDA:
Saben muchas cosas. Saben hablar en pomposo latin y designar, en griego, los
nombres de todas las enfermedades, definirlas y clasificarlas. Ahora bien, en
lo tocante al modo de curarlas, de eso no saben absolutamente nada.
ARGAN:
Existen personas tan sensatas y tan experiementados como tu, y vemos, cada dia,
que cuando se sienten enfermas, recurren a los medicos.
BERALDA: Eso
prueba, en todo caso, la flaqueza humana, pero no la verdad de la medicina.
ARGAN: Al
menos, no dudaras de que los medicos creen en la verdad de su arte, ya que,
cuando enferman, se tratan a si mismos.
BERALDA: Tu
doctor Purgon, por ejemplo, es un hombre que cree mas en sus formularios
medicos que todas las demostraciones matematicas, y al que le pareceria un
delito poner, un solo momento, en tela de juicio sus convicciones. Nada, en la
Medicina, le parece oscuro, discutible o arriesgado. Administra a troche y
moche purgantes, lavativas y sangrias, sin pararse un segundo a pensar en las
consecuencias. Con la mejor buena fe del mundo, acabara con vos, como lo ha
hecho ya con su mujer y con sus propios hijos, y como, de creerse enfermo el
tambien, lo haria consigo mismo.
ARGAN: La
verdad es que no puedes disimular la animadversion que te inspira. Pero dime
entones: ¿que es lo debe hacer uno cuando se siente enfermo?
BERALDA:
Nada, hermano mio.
ARGAN:
¿Nada?
BERALDA:
Nada. Tan solo guardar reposo. Si se la deja obrar, la naturaleza es tan sabia
que ella misma arregla los trastornos que ocasiona. Pero nuestra inquietud y
nuestra impaciencia lo echan todo a perder. La mayoria de los hombres no mueren
como consecuencia de sus enfermedades sino de los remedios que se les
administran.
ARGAN: Mas
convendras conmigo en que, al menos en ciertos casos, esos remedios pueden
ayudar a la naturaleza. ¿O debo entender, pues, que toda la ciencia del hombre
esta encerrada en vuestra cabeza, ya que pretendes saber mas que todos los
grandes medicos que han existido y existen?
BERALDA:
¡Tus grandes medicos...!Cuando hablan, pueden parecer los hombres mas sabios y
diestros del mundo; pero viendoles obrar, es facil darse cuenta de cuan
ignorantes son.
ARGAN: Me
gustaria que estuviera presente aqui alguno de esos pobres ignorantes, para que
rebatiera tus razonamientos y te bajara un pocos los humos.
BERALDA:
Cada cual puede, por cuenta y riesgo, creer en lo que le plazca. Solo he pretendido
sacarte de tu error; y, para aleccionarte un poco mas sobre este mismo tema, me
gustaria llevarte al teatro a ver alguna de las comedias de Moliere.
ARGAN: Buen
impertinente es ese Moliere, al escribir tales comedias. Me parece
intolerableque trate de burlarse y de ridiculizar a gentes tan honorables como
lo son los medicos.
BERALDA: No
se burla de ellos, sino de cuanto de ridiculo hay en la Medicina.
ARGAN: ¿Y
quien es el para permitirse criticar a la Medicina, y a llevar a la escena,
para ridiculizarla, una profesion que todo el mundo respeta?
BERALDA: ¿Y
por que no puede ocuparse de esa profesion, como de cualquier otra? A diario vemos aparecer sobre la escena,
ridiculizados, principes y reyes, y me
parece que estos personajes son de tan buena cuna como los medicos.
ARGAN: Si yo
fuera medico, ya sabria como vengarme de su impertinencia. Si el cayera
enfermo, me negaria a atenderle, aunque me lo rogase de rodillas. Tan solo le
diria: “ revienta, revienta de una vez; asi aprenderas a no burlarte de nuestra
ilustre Facultad.
BERALDA: No
creo que recurra nunca a ellos.
ARGAN: ¡Pues
tanto peor para el, si renuncia a sus remedios!
BERALDA: Al
parecer, tiene sus razones para ello. Afirma que, eso, solo pueden permitriselo
las personas muy saludables y vigorosas, que tienen tantas energias como para
resistir la enfemedad y los remedios; pero el pobre Moliere dice que sus
escasas fuerzas solo le permiten soportar sus dolencias.
ARGAN:
¡Habrase visto razonamiento mas necio! Me revuelve la bilis y acabaras provocandome
un arrechucho.
BERALDA:
Cambiemos, pues, de conversacion y volvamos a lo de tu hija. Creo que porque se
resista al enlace que le has buscado, no debes adoptar esa violenta resolucion
de meterla en un convento. Me parece aconsejable tener un poco en cuenta sus
sentimientos, porque un matrimonio no puede nunca resultar feliz si a una de
las partes se la obliga a contraerlo.
TOÑITA:
(Aparece Toñita, que lleva un frasco en la mano) El señor boticario le trae
esto.
ARGAN:
Disculpame un momento, hermana mia.
BERALDA:
¿Por que? ¿Que vas a hacer?
ARGAN:
Ponerme, con tu permiso, esa pequeña lavativa que me trajo el señor boticario.
BERALDA: ¿Te
burlas de mi? ¿Es que no puedes permanecer, un solo momento, sin tus lavativas
y tus potingues? Devuelvelo, Toñita.
ARGAN: Bien
se ve, hermana, que eres una persona sana.
BERALDA:
¿Eres capaz de decirme siquiera cual es tu dolencia?
ARGAN: ¡Me
exasperais! ¡Ah, ¿que dira el doctor Purgon cuando se entere?
Entra el Dr.
Purgon.
PURGON: Acabo de encontrame con el señor
boticario, que me ha informado de lo ocurrido. Al parecer, en esta casa se rien
de mis prescripciones y se os impide administraros el remedio que os ordene. Me
sorprende ese atrevimiento y esa rebeldia de un enfermo contra su medico.
¡Precisamente un remedio que habia tenido yo mismo el placer de preparar con
mis propias manos! ¡Y despreciarmelo de
ese modo! Es algo inaudito. Un autentico ultraje a la Medicina. Un verdadero crimen de lesa Facultad, para el
que no hay suficiente castigo. Sabed que
rompo mis relacioes con vos y que, para
terminar con todo lazo entre nosotros, rompo tambien la donacion que hacia yo a
mi sobrino, en favor de el y de vuestra hija. (Rompe, en efecto, el
documento y arroja, furioso, los pedazos) ¡Despreciar mi lavativa!: Ordenad
que me la traigan y me la pondre inmediatamente. Os habria limpiado todo vuestro interior, al
haceros evacuar los malos humores. Considerando que no habeis querido que os
curara con mis propias manos, y considerando que habeis hecho caso omiso de mis
prescripciones, faltando a la obediencia que un enfermo debe a su medico, os
abandono desde este momento, para que seais victima de vuestra mala
constitucion, de vuestras deficiencias vicerales, de la corrupcion de vuestra
sangre, de la acidez de vuestra bilis, dela feculancia de vuestros humores...,
y dictamino que no antes de cuatro dias, no sereis ya un enfermo curable...
Sereis presa de la bradipepsia...,
de la
bradipepsia... y tambien de la dispepsia...,
Y, tras la dispepsia, vendra la apepsia..., y, tras la apepsia, la
disenteria... y, tras la disenteria, la lienteria... y, tras la lieteria, la
hidropesia... y, tras la hidropesia, ya
no os quedara otro remedio que moriros, final al que os habra conducido vuestra
insensatez. (Vase el doctor Purgon)
ARGAN: ¡Ah,
Dios mio! ¡Soy hombre muerto! Hemana, has sido mi pedicion.
BERALDA:
¿Que necedades son esas?
ARGAN: No
puedo mas. Siento ya, dentro de mi cuerpo, como la Medicina empieza a vengarse.
BERALDA:
Pareces un loco. Y no quisiera que viera nadie como te comportas. Vamos,
recobrate y no te dejes dominar asi por tu imaginacion.
ARGAN: Ya
habeis escuchado enumerar todas las terribles enfermedades que van a hacerme su
victima.
BERALDA: No
he visto nadie mas candido que vos.
ARGAN: Y
que, antes de cuatro dias, sere ya un enfermo incurable.
BERALDA: ¿Es
que acaso ha hablado un oraculo? De creerte, pareceria que el doctor Purgon
tiene en sus manos tu vida, y que, con su suprema autoridad, puede alargartela
o abreviartela a su antojo. Piensa, mas juiciosamente, que tu vida depende de
tu propia naturaleza, y que toda la colera y todas las amenazas del doctor
Purgon son tan impotentes para hacerte morir, como sus remedios para hacer que
vivas un solo dia mas de los que Dios te tenga reservados. Se te presenta ahora
una buena oportunidad para liberarte de todos los medicos. Y, si nacistes
condenado a no saber prescindir de ellos, facil sera encontrar otro con el
cual, al menos, no corras tantos riesgos.
ARGAN: ¡Ah,
hermana mio! El doctor Purgon conoce al dedillo mi naturaleza y mis males, y
sabe como hay que tratarme.
BERALDO:
Debo decirte que estas lleno de temores infundados y que todo lo ves de la mas
absurda manera.
TOÑITA: (Entrando
a Argan) Señor, ha venido un medico que desea verlo.
ARGAN: ¿Que
medico?
TOÑITA: Un
medico... de la Medicina.
ARGAN: Si,
naturalmente. Pero lo que te pregunto es quien es.
TOÑITA: No
lo conozco; pero se parece a mi como se parecen dos gotas de agua; de no estar
tan segura de que mi madre fue una mujer muy decente, aseguraria que era un
hermanito que me habia dado despues de quedar viuda de mi padre.
ARGAN:
Bueno, hazle pasar. (Sale Toñita).
BERALDA:
Pronto han sido satisfechos tus deseos. Si un medico te ha abandonado, otro se
te presenta.
ARGAN: Mucho
me temo, hermana, que me hayas causado un daño irreparable.
BERALDA:
¡Como! ¿Vas a reanudar tus absurdas recriminaciones?
ARGAN: ¿Y
que quieres que haga? Ya ves como me amenazan todas esas enfermedades que no
conozco, todos esos...
TOÑITA: (Vestida
a la usanza de los medicos de la epoca) Señor: permitame que haya venido a
visitarle y a ofrecerle mis servicios para cuantas purgas y sangrias pueda
necesitar.
ARGAN: Se lo
agradezco mucho, señor. (A Beralda) La verdad que parece la mismisima
Toñita.
TOÑITA:
Excuseme un instante, señor. He olvidado dar un encargo a mi criado, que me
aguarda ahi fuera. Enseguida vuelvo. (Sale).
ARGAN: ¿No
dirias, hermana, que es, en efecto, Toñita?
BERALDA: El
parecido es verdaderamente asombroso. Pero no es la primera vez que se ha visto
una cosa asi. La Historia nos presenta numerosos ejemplos de estos caprichos de
la Naturaleza.
ARGAN:
Tambien a mi me asombra y...
TOÑITA: ¿Que
desea, señor?
ARGAN:
¿Como?
TOÑITA: ¿Es
que no me ha llamado?
ARGAN: ¿Yo?
No.
TOÑITA:
Entonces deben haberme engañado las orejas.
ARGAN: No
importa. Quedate aqui un momento, para que podamos ver mejor como, en efecto,
se te parece ese medico.
TOÑITA: ¡En eso
estoy pensando! ¡Con todo lo que tengo que hacer! Y, ademas, yo ya le he visto
lo suficiente. (Sale).
ARGAN: De no
haberlos visto a los dos, creeria que se trata de una misma persona.
BERALDA: He
sabido de parecidos, tan increibles como este, que han engañado a todo el
mundo.
ARGAN:
Tambien yo me habria engañado es este caso, porque hubiera jurado que se
trataba de una misma persona.
TOÑITA: (Nuevamente
vestida de medico) Señor, le ruego perdone la libertad que me he tomado.
ARGAN: (En
voz baja, a Beralda) Es lo mas asombroso que he visto.
TOÑITA:
Espero que no tome a mal la curiosidad que he sentido por conocer a un enfermo
tan insigne como Ud y del que todo el mundo habla.
ARGAN: Soy
su servidor, señor.
TOÑITA:
Observo, caballero, que me mira con curiosidad. Digame francamente: ¿que edad me daria?
ARGAN: Creo
que, a lo sumo, debe tener veintiseis o veintisiete años.
TOÑITA: ¡Ja,
ja, ja! He cumplido ya noventa, señor.
ARGAN:
¿Noventa?
TOÑITA: Si;
Ud mismo puede, pues, comprobar la eficacia de mis secretos profesionales.
Gracias a ellos me conservo todavia tan joven y vigoroso.
ARGAN: A fe
mia, jamas vi un hombre de noventa años tan joven y apuesto.
TOÑITA: Soy
un medico viajero que voy, de pais en pais y de ciudad en ciudad, buscando
enfermos que ofrezcan particular interes y que esten dispuestos a beneficiarse
de los grandes descubrimientos que he hecho en Medicina.
Solo me
interesan las enfermedades importantes: buenas fiebres persistentes y con
trastornos cerebrales, buenas hidropesias, ya muy desarrolladas, y buenas
pleuresias acompañadas de graves infecciones pectorales. Esas son las
enfermedades que me gustan y sobre las cuales tirunfo siempre. Por eso me
gustaria, señor, que se encontrara ya desahuciado por todos los medicos, en
estado desesperado, en la agonia misma, para poder demostrarle la excelencia de
mis tratamientos y remedios y mi deseo de serle util.
ARGAN: Le
agradezco infinitamente, señor, sus bondades.
TOÑITA:
Permitame que le tome el pulso. Veamos. No late como es debido, pero yo le hare
recobrar su ritmo. Digame: ¿quien es su medico?
ARGAN: El
doctor Purgon.
TOÑITA: Ese
nombre no lo tengo anotado en mi lista de los mejores medicos. ¿Cual es su
enfermedad, a su criterio?
ARGAN: Dice
que padezco del bazo, pero otros aseguran que es el higado la causa de mis
males.
TOÑITA: Son
todos unos solemnes ignorantes. Son sus pulmones los que estan enfermos.
ARGAN: ¿Los
pulmones?
TOÑITA: Si.
¿Que es lo que siente?
ARGAN: De
cuando en cuando, dolores de cabeza.
TOÑITA:
Exactamente. Y el causante es su pulmon.
ARGAN: A
veces, me parece tener un velo ante los ojos.
TOÑITA: El
pulmon.
ARGAN: En
ciertas ocasiones, siendo tambien como unos pinchazos en el corazon.
TOÑITA: El
pulmon.
ARGAN: Y,
con frecuencia, sufro igualmente dolores en el vientre, como cuando se tienen
un colico.
TOÑITA: El
pulmon. ¿Y comera tambien con buen apetito?
ARGAN: Si,
señor.
TOÑITA: El
pulmon. Despues de las comidas, ¿siente un poco de sueño y le agrada echar unas
cabezadas?
ARGAN: Si,
señor.
TOÑITA: El
pulmon. El pulmon es el culpable de todo. ¿Que le ha prescrito, como
alimentacion, su medico?
ARGAN:
Sopas...
TOÑITA: ¡Que
ignorante!
ARGAN: ...
aves...
TOÑITA: ¡El
ignorante!
ARGAN: ...
ternera...
TOÑITA: ¡El
ignorante!
ARGAN: ...
huevos frescos...
TOÑITA: ¡El
ignorante!
ARGAN: ... y
por las noches, ciruelas pasas, para regular el vientre...
TOÑITA: ¡El
ignorante!
ARGAN: ...
pero, sobre todo, que bebe el vino muy aguado.
TOÑITA: Ignorantus,
ignoranta, ignorantum. Debe beber vino puro. Y, para espesar su sangre, que
es en exceso fluida, debe comer buenas chuletas de vaca y de cerdo, buen queso
de Holanda, arroz, castañas y toda clase de pastas, para aglutinarlo todo. Su
medico es un asno. Yo le enviare uno de mi confianza y vendre a verle,
regularmente, hasta que deba marcharme de aqui.
ARGAN: No se
como agradecerselo.
TOÑITA:
Digame: ¿que diablos hace con ese brazo?
ARGAN:
¿Como?
TOÑITA: En
su lugar, haria que me lo cortasen sin demora.
ARGAN: ¿Y
por que?
TOÑITA: ¿No
ve que el acapara todo cuanto come, impidiendo al otro alimentarse tambien?
ARGAN:
Pero... yo necesito este brazo.
TOÑITA:
Tambien tiene un ojo derecho que yo, en su lugar, no vacilaria en hacermelo
extraer.
ARGAN:
¿Hacerme... extraer un ojo?
TOÑITA: ¿Es
que no ve que el se aprovecha del otro, robandole toda su parte de alimento?
Creame, haga que se lo arranquen sin tardanza, y le aseguro que vera mas claro
con el otro.
ARGAN: Si...
pero eso no corre tanta prisa.
TOÑITA:
Adios, señor. Lamento tener que marcharme ya, pero debo asistir a una importante
consulta con respecto a un hombre fallecido ayer.
ARGAN:
¿Sobre un hombre que fallecio ya?
TOÑITA:
Ciertamente. Se trata de dictaminar lo que habria debido hacerse para salvarle
la vida. Hasta pronto.
ARGAN:
Perdoname, señor, si no le acompaño hasta la puerta. Pero ya sabe que los
enfermos... (Vase Toñita).
BERALDA: He
aqui un medico que parece, realmente, muy habil y seguro de si mismo.
ARGAN:
Cierto; pero demasiado tajante.
BERALDA: Los
grandes medicos son siempre asi.
ARGAN:
¡Cortarme un brazo y hacerme sacar un ojo, para que el otro brazo y el otro ojo
vayan mejor! Prefiero, la verdad,que no vayan tan bien. ¡Bonita operacion
dejarme manco y tuerto!
TOÑITA: (Desde
el umbral de la puerta, fingiendo que se dirige a alguien que se encuentra
afuera) Vamos, marchese ya. No estoy para bromas. Servidora suya.
ARGAN: ¿Que
sucede?
TOÑITA: Su
medico, que se empeñaba en tomarme el pulso.
ARGAN: ¡Ah,
el pillo! ¡A sus noventa años!
BERALDA:
Bien, hermano, ¿no quieres que te hable ahora del partido que se le presenta a
vuestra hija?
ARGAN: No;
estoy decidido a meterla en un convento, ya que se opone a mi voluntad. Veo
claramente que hay en esto un amorio de por medio.
BERALDA:
¿Hay algo censurable en ello? ¿Que es lo que puede ofenderte si se trata, como
estoy seguro, de un deseo honesto, como es el de contraer matrimonio con la
persona a quien ama?
ARGAN: Sea
como fuere, estoy resuelto a que sea religiosa.
BERALDA:
¿Intentas que esa resolucion complacer a... alguien?
ARGAN: Te
veo venir. Ya vuelves a mezclar a mi mujer es este asunto.
BERALDA: Ya
que me obligas a habalrte sin tapujos, te dire que es, en efecto, a tu esposa a
quien me refiero. Me preocupa verte tan sometido a sus antojos que mordes
siempre todos los anzuelos que te tiende.
TOÑITA: ¡Ah,
señora! No hable asi de la esposa del señor. Es una mujer intachable, sin
dobles alguna, y que ama al señor, que lo ama, si, como... no es capaz de
imaginarlo.
ARGAN: Que
te cuente Toñita de que manera me mima Belina...
TOÑITA: Es
verdad.
ARGAN: ... y
como se preocupa por mi enfermedad...
TOÑITA: No
tiene otro pensamiento.
ARGAN: ...
los desvelos que se toma por mi y los cuidados que me prodiga.
TOÑITA: Asi
es. (A Beralda). ¿Quiere que le demuestre hasta que punto la señora ama
al señor? (A Argan) ¿Me permite, señor, que muestra a su hermana lo
equivodada que esta y lo poco que conoce a la señora?
ARGAN: ¿Que
es lo que quieres hacer?
TOÑITA: La
señora va a volver en seguida. Tiendase, pues, en ese sillon y hagase el
muerto. Asi vera su señora hermana, el dolor de su esposa al creerlo muerto.
ARGAN: Me
parece muy buena idea.
TOÑITA: Pero
no la deje demasiado tiempo sumida en su desesperacion, porque eso podria
costarle la vida.
ARGAN: No te
preocupes. Se lo que debo hacer.
TOÑITA: (A
Beralda) Y usted, escondase ahora en ese rincon.
ARGAN:
Escucha, Toñita: ¿no sera peligroso que me haga el muerto?
TOÑITA:
Vamos, tumbese ahi. (En voz baja) Su hermano se merece una leccion ¡Ah!
Ahi llega la señora. No respire siquiera.
(Fingiendo no haber visto a Belina) ¡Ay, Dios mio! ¡Que
accidente! ¡Que terrible desgracia!
BELINA: ¿Que
ocurre, Toñita?
TOÑITA: ¡Ah,
señora!
BELINA: ¿Que
pasa? Habla.
TOÑITA: El
señor ha muerto.
BELINA:
¡Como! ¿Ha muerto mi marido?
TOÑITA: Si,
señora. El pobre difunto ha fallecido.
BELINA:
¿Estas segura?
TOÑITA: Y
tan segura. Pero nadie losabe aun. El pobre señor estaba a solas conmigo y ha
muerto en mis brazos. Vealo tendido ahi.
BELINA:
¡Alabado sea Dios! Por fin, me veo libre de esta carga. Y tu, Toñita, ¿como
puedes ser tan necia para afligirte por su muerte?
TOÑITA: Yo
creia, señora, que mi deber era llorar.
BELINA:
¡Bah! ¡Valiente perdida! ¿Para que podria servir un ser asi? Un hombre fastidioso
para todos, sucio, repugnante, siempre sus lavativas y con el vientre lleno de
asquerosos potingues. Moqueando, tosiendo y escupiendo sin cesar. Cargante, sin
el menor ingenio, aburrido como una ostra, siempre de mal humor y riñiendo, dia
y noche, o todo el mundo.
TOÑITA:
¡Vaya una bonita oracion funebre la suya!
BELINA: Ya
que, afortunadamente, nadie sabe aun lo ocurrido, ocultemos su muerte hasta que
yo me haga de unos documentos y un dinero que el tenia escondidos. No es justo
que haya yo pasado a su lado mis mejores años, soportandole tantes cosas
desagradables, y que no saque ahora fruto de su muerte. Vamos, Toñita,
saquemosle las llaves.
ARGAN: (Incorporandose
subitamente) ¡Mas despacio, amiga mia!
BELINA: (Sobresaltada)
¡Ay!
ARGAN: Si,
mi señora esposa. Y he visto lo mucho que me amas.
TOÑITA:
¡Milagro, milagro! ¡ El difunto esta vivo!
ARGAN:
Celebro haber podido comprobar vuestro cariño y escuchar el sentido panegirico
que me has dedicado. (Vase Belina)
BERALDA:
Bien, hermano, ya lo has visto.
TOÑITA: Por
mi fe, que jamas me lo hubiera imaginado.¡Ah! Oigo venir a la señorita. Vuelva
a tumbarse, señor, y veremos asi como acoge ella su muerte. Es un buen recurso
para que sepa lo siente por usted cada miembros de la familia. (Beralda se
esconde de nuevo). (Fingiendo no reparar en la aparicion de Angelica) ¡Ay,
Cielo! ¡Que desgracia! ¡Que dia tan desdichado!
ANGELICA:
¿Que te pasa, Toñita? ¿Por que lloras?
TOÑITA: Tu
padre ha... muerto.
ANGELICA:
¿Que dices, Toñita? ¿Ha muerto mi pobre padre?
TOÑITA: Si;
velo ahi. Le ha sobrevenido un desfallecimiento y acaba de morir.
ANGELICA:
¡Ah, Dio mio, que desgracia! ¡Que golpe tan cruel para mi! ¡Perder a mi padre,
que era todo lo que me quedaba en este mundo! Y perderlo, para mayor dolor mio,
cuando yo sabia que estaba enojado conmigo.
CLEANTO:
¿Que te pasa, mi adorada Angelica? ¿Por que lloras?
ANGELICA:
Lloro porque he perdido lo mas querido y preciado que tenia en esta vida. Mi
buen padre ha muerto.
CLEANTO:
¡Dios mio, que desgracia! ¡Que golpe tan inesperado! Justamente, despues de la
peticion que rogue a tu tia le hiciese en mi nombre, venia yo ahora a ver a tu
padre, para suplicarle respetuosamente que se dignara concederme tu mano.
ANGELICA:
¡Ah, Cleanto! No hablemos ya de eso. No pensemos mas en nuestro matrimonio.
Habiendo perdido a mi padre, no quiero saber ya nada de este mundo y renuncio
para siempre a el. (Volviendose hacia Argan, que continua tendido e inmovil)
Si, padre mio; si, antes, me resisti a obedecerte, quiero al menos cumplir
ahora uno de tus deseos y reparar asi el dolor que me reprocho haberte causado.
CLEANTO:
¡Oh, no! Ya no quiero vivir. ¡Un puñal, Toñita, un puñal!
ANGELICA: (Arrodillandose
ante el) Le juro, padre mio, cumplir esta promesa, al abrazarle por ultima
vez.
ARGAN: (Incorporandose
y abrazando a su hija) ¡Hija mia querida!
ANGELICA: (Atonita)
¡Ay!
ARGAN: No te
asustes, hija mia, ya ves que no he muerto. Si, tu llevas mi sangre, me ha
conmovido ver tu buen corazon. (Beralda sale ahora de su escondite)
ANGELICA:
¡Ah, que grata sorpresa! Y ahora, padre mio, puesto que el Cielo ha querido
darme la felicidad de verle con vida, permitame que me arrodille ante Ud. para
suplicarte algo. Si no quiere acceder a los sentimientos de mi corazon y me
niega a Cleanto por esposo, le ruego que no me obligue a casarme con otro. Es
la unica merced que le pido.
CLEANTO: (Arrodillandose
tambien a los pies de Argan) Por favor, señor, dejase conmover por las
suplicas de su hija y por las mias, y no se oponga a los tiernos sentimientos
que nos unen.
BERLADA:
¿Sera posible, hermano mio, que te sigas oponiendo?
TOÑITA: ¡Ah,
señor! ¿Puede permanecer insensible ante un amor asi?
ARGAN: Que
el se haga medico, y accedere a que se casen. (A Cleanto) Si, hazte
medico y te otorgare la mano de mi hija.
CLEANTO:
Perfectamente, señor. Si solo depende de eso el poder convertirme en su yerno,
con el mayor gusto me hara medico e incluso boticario, si lo desea. No hay nada
que no este dispuesto a hacer para poder casarme con su encantadora hija.
BERALDA: Se
me ocurre una idea, hermano mio. ¿Por que no te hace medico tu mismo? Seria
mejor aun para ti, ya que asi no tendrias que depender de nadie y podrias
cuidarte a tu gusto.
ARGAN: ¿Es que
estoy acaso en edad de ponerme a estudiar?
BERALDA:
Eres ya lo bastante sabio en la materia. Conozco muchos medicos que son mucho
menos entendidos que tu.
ARGAN: Pero,
para ser un buen medico, hay que hablar bien el latin, conocer a fondo las
enfermedades y saber aplicarles los remedios pertinentes.
BERALDA:
Simplemente con recibir la toga y el birrete de medico, sabras ya todo lo
necesario. Y, despues, tu mismo te sentiras mas habil de lo que te imaginabas.
ARGAN:
¡Como! ¿Quieres decir que, tan solo por ponerse esa indumentaria, sabe uno ya
como enfentarse con las enfermedades?
BERALDA: Si.
Cuando se habla, investido de una toga y un birrete, todo galimatias es
sapiencia pura y hasta la mayor necedades la razon misma.
CLEANTO: De
todo modos, señor, estoy dispuesto a todo por complacerle.
BERLADA: (A
Argan) ¿Accedes entonces a que llevemos a efecto, sin mas dilaciones, la
idea que te he sugerido?
ARGAN: ¿Que
quieres decir con ese “sin mas dilaciones”?
BERALDA: Que
puedes hacerlo ahora mismo si quieres.
ARGAN:
¿Ahora mismo?
BERLADA: Si,
y aqui, en tu casa.
ARGAN: ¿En
mi casa?
BERALDA:
¿Por que no? Tengo amigos en la Facultad que vendran gustosamente a celebrar
aqui la ceremonia de investidura. Y, ademas, lo haran gratuitamente.
ARGAN: Pero
yo no sabre que decir ni que contestarles.
BERLADA:
Ellos mismo te instruiran sobre el particular. Y te daran tambien, por escrito,
cuanto debas decir. Vamos, ve a vestirte convenientemente, mientras yo envio a
buscarlos.
ARGAN:
Bueno, ya veremos lo que sale de todo esto. (Vase)
CLEANTO: (A
Beralda) ¿Que se propone? ¿Que ha querido decir con eso de sus amigos de la
Facultad?
TOÑITA: Si.
Diganos, señora, lo que ha tramado.
BERALDA:
Aprovechar esta ocasion para que nos distraigamos todos un poco. Unos actores
han ideado un breve intermedio, cuyo asunto es la ceremonia de recepcion de un
medico. Es un intermedio con bailes y musica. Todos nosotros podemos participar
en el, y reservo para mi hermano el papel de protagonista.
ANGELICA:
Pero, tia, eso es burlarse de la ingenuidad de mi padre.
BERALDA: No,
sobrina, nos es burlarse de tu padre, sino acomodarse a sus caprichos. Ademas,
todo esto quedara entre nosotros. Podemos, cada uno, elegir el personaje que
prefiramos y, asi, sera como si representasemos la mascarada unos para otros.
Estamos en Carnaval y la broma es, pues, oportuna. Vamos. Preparemonos todos en
seguida.
CLEANTO: (A
Angelica) ¿Consientes en ello?
ANGELICA:
Puesto que se trata de una idea de mi tia, nada tengo ya que objetar.
NUMERO
FINAL
TOÑITA: ¡Los
señores de la Facultad de Medicina!
BUENAFE:
Venimos con buenas nuevas.
ARGAN: ¿A
que debo tal honor? Y a tan altas horas...
CORO: ¡Le
nombramos doctor!
ARGAN: ¿A
mi? ¿A mi? ¿Ami?
BERALDA Y
ANGELICA: Usted todo lo sabe.
BUENAFE:
Novus Doctor dignus est.
CORO: Dignus
est.
TOMAS: A
partir de hoy puede recetarse usted mismo.
BUENAFE:Novus
Doctor usted puede.
TOÑITA Y
BELINA: ¿Quien salva a su propio estomago?
ARGAN: El
que come un puñado de esparragos.
BUENAFE:
Novus Doctor. Digno señor Argan.
CORO: Digno
señor.
TOMAS:
Argan.
DIARREICUS Y
PURGON: ¿Y por ejemplo? (Le hablan al oido)
ARGAN: Te la
pescas y ocho años de purgacion.
CORO:
¡Bravo, bravo! Formidable respuesta.
BUENAFE: Es
muy sabio.
CLEANTO: Es
incisivo.
ANGELICA: Un
cuchillo.
LUISITA Y
CLEANTO: Y recibira el grado de:
CORO:
¡Bachiller y medico!
ARGAN:
¡Bailemos y cantemos
CORO:
¡Bravo!
ARGAN: Y si
alguien lo necesita, to lo curare.
CORO:
¡Bravo, bravo, bravo!
ARGAN: Y
llamen al notario para que mi alegria sea total, te casare, hija tan querida
con este amable joven y me has de dar muchos nietos para alegrar los años
venideros.
TOÑITA:
¡Brindemos, señor!
CORO: ¡Se ha
curado!
ARGAN:
Moliere deja la historia aca con el enfermo imaginario recibiendo en una
mascarada de carnaval, la mala medicina de la burla a su ingenuidad. Perdonen
nuestro atrevimiento, pero nosotros quisimos jugar otro final.
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